21:53. LUNES 20 DE NOVIEMBRE DE 2017

En la muerte de Íñigo Botas

Oviedo
2 marzo, 2013
DIEGO MEDRANO

Llega la muerte con guantes de jardinero -como en el poema de Pere Gimferrer- y uno no se lo cree. Y uno, entonces, le da vueltas a todo, y aprendemos a prescindir de lo más urgente, y nos sabemos de paso, inútiles, apenas nada. El cineasta, dibujante, poeta total, Iñigo Botas, murió la víspera de este pasado 23-F. Llevaba tiempo en tratamiento con Micaela Quirós -depresiones, bipolaridades, arte y desastre de espantar la muerte-, pero tan debilitado como estaba, se cayó en el baño. Le encontraron al día siguiente: la cabeza abierta, desnudo (“Nacemos desnudos y estamos destinados a morir solos”, escribe Javier Tomeo) y ya por entero en el otro mundo, más allá de Caronte. Iñigo Botas -en la herencia de Perico Beltrán, a quien mucho citaba- fue bohemio irredento hasta sus últimas horas. Escritor de servilletas, poeta de memoria, dibujante de blocs muy baratos, devorador del cine y del flamenco, amigo de las copas sosegadas y muy habladas (aquello de Pericón de Cádiz que él me enseñó: “Es bueno dejar la bebida. Lo malo es no saber dónde”). Fue “provinciano universal” -como Clarín-, hijo de una célebre familia con aposento nobiliario en la calle Uría -Almacenes Botas- y domicilio familiar no demasiado lejos -General Yagüe-. Hizo derecho en Deusto, y la sacó de carrerilla, según él con anfetaminas y un desapego completo. Se casó feliz, loco, enamorado. Su hija Rita era un sol en sus periodos de mucha muerte. Fue nocturno y creativo (aquello de Cocteau que pocos aprendieron de memoria: “La luna es el sol de los muertos”) y poco social, sociable, muy raro para todo aquello que no viniese del corazón. Nada amigo de condescender en vano.
Ironizaba sobre sus películas; decía que la mejor entre ellas -‘Best Seller’- era la que más muertos tenía hasta la fecha dentro del cine español (magnifico el gran Wyoming en ella, Cecilia Roth, etc). Se retiraba con cautela a la pensión donde moraba (a la que llamaba “nosocomio” o “cripta”) y su gran pasión eran las mujeres (como gran teórico y visitador de las mismas) y el baile (“Yo ante todo soy bailarín”, ironizaba). Iñigo Botas no sufría la locura: la disfrutaba a cada instante. Su mucha seducción era la del clásico: “Si no puedes convenceros, confúndelos”. Firmaba relatos con nombres explosivos: ‘Mustafá Botas de las Nubes’ (el más habitual). Se iba para Madrid un fin de semana con tres euros en el bolsillo y volvía con ocho. Leía una novela negra al día. Planeaba un ciclo sobre Oviedo: la trilogía negrótica, decía. Muchas veces llamaba a Oviedo de modo curioso: Ciudad Obvia. Su gran tema, realmente, era la supervivencia. Reía en francés, que es algo muy difícil de explicar, pero quien lo ha visto, lo sabe. Le explicaba a las prostitutas, en club de alterne más bien céntricos, cosas raras. La influencia de Klimt en no sé qué novelista; la relación entre sentido común y verdad (“El sentido común es el instinto de la verdad”, pontificaba Max Jacob), la fuerza de la pasión en pleno extravío (lo de Dalmacio: “Es peor quien pierde su pasión que quien en su pasión se pierde”. Botas fue el caso del creador que renuncia a todo poder (publicar, enredar, sacar no sé qué película, etc) y al final acaba comprendiendo que toda escritura es y debe ser tan íntima como privada. Hacía poemas jocosísimos a Ángel Cristo, dependiente de la cocaína, sin dientes y jorobado como un bicho. Tenía sátiras feroces contra todo homosexual. Era lector compulsivo de ABC y La Razón. Muy creyente también, a su aire, sin grandes predios (‘Rezaré’, del rockero Silvio Fernández, era una canción que sabía de memoria). “Soy tan facha como papá”, canturreaba siempre.
Viéndole, escuchándole, siendo su amigo, uno no puede menos que comprender mejor a aquel Valle Inclán que susurraba, mientras se metía en el gabán dulces por las pastelerías: “Lo mismo da triunfar que hacer gloria de la derrota”. Con Rimbaud, Botas era un tipo que no hizo más que acostumbrarse a la ‘alucinación simple’. Dos o tres veces salió casi en pijama a dejarme dinero, en mis peores caídas, siempre tendiéndome la mano con un coraje numantino. Sólo le faltó romperme la crisma el día que le dije que dejaba la escritura. A todas mis presentaciones, incluso en Madrid o Barcelona, aparecía por allí, quién sabe de dónde venía y levantaba la mano para hacer observaciones de gran Academia: “Mirad, queridos, todo lo que en Mallarmé es metafísica, en Poe y Baudelaire es tortura”. Botas no fue de los que se van lejos para ver cómo les viene el pasado; todo lo contrario. Y le gustaban especialmente unos versos de Caballero Bonald que ahora me vienen a la mente: “Mi memoria proviene de un espacio/ donde no estuve nunca:/ ya no que me queda sitio sino tiempo”.
Sus premios cinematográficos en Berlín y el extranjero cumplieron lo que aquí no tuvo. La verdad para él -con Lacan- tenía siempre estructura de ficción y nada le importaba tanto como mantener la mirada virgen, limpia. Era Horaciano -“Somos siempre el mismo viaje que proyectamos”- y bueno hasta la sencillez. Iñigo Botas, creador en voz baja, enemigo de sí mismo, socarrón de alcohol bien medido, cómico burbujeante, sabía que el arte (cine, cuadros, libros) es siempre lo que cura. No era veneciano -ni anécdota ni retórica- y sí francés o machadiano. Decía Cortázar de Poe: “El Poe no hay orden sino investigación”. Mucho dedicó al estudio de Poe, e incluso planeó aniversarios, celebraciones, un rotundo análisis literario de textos y más textos. También en él no había orden -la pensión hecha un lío, la conversación desordenada y multiorgásmica, la vestimenta tantas veces descompensada- como investigación -un intento de entrar más adentro en la espesura y negar eso de que la ficción sea lo contrario de la vida-. Iñigo ya no está: todavía me parece verlo en Casa Pachu, en el Cristal, por los alrededores de Cortefiel. Recuerdo sus minicortos de menos de un minuto hechos con el móvil. Hay una serie de cineastas de alto voltaje -todos peligrosísimos- en plena y rotunda bohemia: Zulueta, Arrieta, Botas, Cabrero, Jesús Franco. Con Botas se cumple aquello de Chéjov tan manido: “Toda obra de arte es un estado de ánimo”.

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