05:52. JUEVES 27 DE FEBRERO DE 2020

«Pintar y callar» Paulino Vicente

Opinión
23 septiembre, 2013

Paulino Vicente (Oviedo 1900-1990), pintor de Asturias, era menudo y de ojos astutos, traje de franela y sombrero borsalino, labios finos, orejas discretas y deliberado gesto de actor cómico del cine en blanco y negro cuando quería mostrar su ironía o su extrañeza. Jamás engolado, nunca solemne, pero siempre amable, educado, cordialísimo. Un hombre puede hacer concesiones con todo, excepto con su estilo: es un viejo y prestigioso recurso que también los tímidos, y no sólo los histriónicos como su amigo Dalí, saben explotar a la perfección. Escribe Salvador Pániker que “los guardias de Pompeya y los gaiteros de los regimientos escoceses han pasado a la historia como ejemplos completísimos de estilo”.

Paulino siempre me abrió las puertas de su casa, lo ví desde un silencio reverencial trabajar en su estudio, al atardecer tomábamos un vino en una salita, al lado de su esposa, Pepita García Carrillo, mientras por el salón en que grandes óleos aliviaban su espalda velera apoyados en las paredes, correteaba su hija menor, Paulina, que quizá iba también para pintora pero salió ganando quedándose en sí misma, vivaz y melancólica. Charlamos por las calles de Oviedo, haciendo el recorrido desde su casa, en la zona alta de la ciudad, hasta La Jirafa, donde tenía su tertulia-soliloquio, en el Automóvil Club, ente los periódicos y hacia el mediodía. Emilio Alarcos Llorach, que era otro genio de lujo para aquel Oviedo y aún más lo sería para el de ahora, lo recordaba así:

“Era una mezcla extraña pero densamente unitaria de señorito andaluz, dandy británico y sentencioso paisano astur que remontaba al trote ligero Rosal arriba o descendía rítmicamente sin prisa Santa Cruz abajo, que en cualquier cantón se detenía escrutador y subrepticiamente sonriente, contemplando un árbol, un niño ensimismado en sus abisales imaginaciones, un rompimiento de nubes o de luces en el cielo, un alero claudicante y musgoso, una moza retrechera y de buen ver, un jubilado renqueando al recuerdo de su lozana adolescencia, una lozana zabarcera con remango hacia el Fontán…”.

De “elegante y vibrante, humorista, zumbón y vibrante” lo califica su coetáneo el escritor Juan Antonio Cabezas, quien le denomina ‘Clarín’ del pincel que “ha pintado la geometría histórica y monumental de Oviedo -la catedral incluída- y ha pintado lo que es sólo color, olor y espíritu: Vetusta y Pilares, los otros dos Oviedos perdurables”.

Le entrevisté decenas de veces, la primera de éllas para ‘Asturias Semanal’ (febrero de 1971), diálogo recogido en nuestro libro ‘Asturianos de hoy’ (el plural nuestro se refiere a que la entrevista o es fruto de la complicidad, o no es). Lo primero, unas preguntas comunes a todos los interrogados en aquella serie periodistica, y en que había que elegir medio de locomoción (“la mayor ilusión de mi vida es viajar por España en un carromato. Tal vez ya no lo cumpla”, matizaba Paulino, que entonces era un joven de 70 años); flor (“todas, incluso las que nacen en un lugar en que, a primera vista, parece que no las hay”; color (“todos, y ninguno”), ideología política (“socialismo demócrata- cristiano”, respuesta que a algunos les pareció provocadora y hasta escandalosa), y mes (“cualquiera del otoño”).
.-Su modo de pintar ¿está más condicionado por las ideas que por el amor al colorido?.
Las cosas del sentir no se pueden describir. Nací pintor como pude haber nacido jorobo. De niño guardaba la perrona de los domingos para comprar un lápiz. Hay que pintar como cantan los pájaros.

.-Dalí le suena como un lejano cencerro mágico, ¿verdad?.
Dalí tiene talento. Es un hombre consecuente: surrealista de siempre. Acaso a la gente le moleste su riqueza, su modo de hablar…


.-¿En cuánto vendería usted el retrato de su madre?.

En nada.


.-¿Pensó en serio, en alguna ocasión, en tirar los pinceles y sentir el arte sólo de alma hacia adentro?.

No. Ni yo ni nadie puede hacer eso porque quien siente no puede ser mudo voluntariamente: ha de expresar sus vivencias.

.-¿Cuál es la diferencia fundamental entre Goya y Paulino Vicente?.
Es una diferencia de miles de añosluz…


.-¿A qué generación se siente ligado, Paulino?.

A la del 27. Federico, Alberti, Buñuel, Dalí… Era una generación que no participaba, en un principio, en las corrientes de opinión que hoy configuran nuestro mundo.

.-Un recuerdo de García Lorca.
Era un cascabel. Cuando él llegaba, huía la pena.

.-La juventud, estéticamente, ¿es arrolladora?.
Respeto a todo el mundo. Creo en la juventud. Siempre existe una razón que los demás no comprendemos.

.-¿A qué ha tenido usted miedo en la vida?.
A la duda del afecto y la amistad que no se confirman hasta que no se demuestran.

.-¿Cabe una cierta plenitud artística en la precocidad de los niños que pintan?.
No. Y le hablo como profesor y como pintor. Todos los niños pintan con cierta gracia, pero de ahí no suelen pasar…

(Este es Paulino Vicente, el artista que no tiene su propio museo en Oviedo, lo que resulta increíble y debería ser vergonzoso para los responsables de tan clamorosa omisión por ignorancia. Quizá le hubiese dado igual a este genio que retrató a Casals, a Buñuel, a Madariaga, a Henry Moore, a tantos genios, a tantas gentes anónimas. Pero que fué mucho más que un prodigioso retratista: fué la mirada tierna y lúcida hacia el mundo desde un Oviedo que, en muchos aspectos, él contribuyó a crear y recrear, levantándose sobre su propia y perezosa ruina de ciudad levítica, mientras pintaba sus casucas de postguerra, sus árboles enclenques en la supervivencia, la luz del atardecer o el sonido de los trueques comerciales del Fontán o de la catedral mirada a través del catalejo del canónigo magistral. El crítico Villa Pastur, elogiando las castizas calles y los pintorescos rincones ovetenses de los cuadros de Paulino, concluye: “ahí está, en activa simbiosis de verdad y poesía, toda la buena leyenda de Oviedo, prendida en los nombres de Feijoo, Clarín, Pérez de Ayala, La Regenta y Tigre Juan”. Y, naturalmente, de Paulino, el artista infatigable y jovial, ligero y silencioso, que remontaba al trote ligero Rosal arriba…).

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