20:03. LUNES 21 DE OCTUBRE DE 2019

La batalla de colores de Rafael Alberti

Opinión
16 octubre, 2013
FAUSTINO F. ÁLVAREZ

Los últimos días en Italia del poeta gaditano, antes del regreso a España tras la muerte de Franco

“Me fuí con el puño cerrado y vuelvo con la mano abierta en señal de concordia entre todos los españoles”

“De la mina salgo, amigo, / de la mina, compañero. / Soy minero barrenero./ Ven conmigo”

Aquel 11 de febrero de 1977 los gatos que dormían en torno al caserón, de paredes desconchadas, en que residían Rafael Alberti y María Teresa León (Vía Garibaldi, 88), en el Trastévere romano, despertaban a la llegada del visitante, le seguían de cerca y le acompañaban, como bienvenida, portal adentro y escaleras arriba del edificio, hasta la puerta de la vivienda del poeta, como si fuesen mayordomos adiestrados como comparsas de una opereta callejera. Rafael me abrió la puerta de su casa, me dio un abrazo como si fuésemos viejos conocidos, hice un gesto de besarle las manos de salitre y pintura de todos los colores, María Teresa León, ya atenazada por el Alzheimer, deambulaba por los amplios pasillos silenciosa y ausente. Rafael me pidió disculpas para hacer una llamada telefónica en la que dictaba un artículo respondiendo a una recomendación de Francisco Umbral, hecha aquella misma mañana en la prensa española, pidiéndole que no regresase a su país natal, a su arboleda perdida tras las brumas del exilio. El día anterior había acudido a una recepción en la embajada de España, y era el primer acto oficial al que asistía tras el largo paréntesis del exilio hasta la muerte de Franco. Presidía el acto el Rey Don Juan Carlos, quien antes había sido recibido por Pablo VI, y Rafael le entregó al monarca una petición de amnistía para todos los presos políticos de España, por lo que se armó un gran revuelo en algunos medios conservadores. El poeta quería regresar a su país, recorrer las calles de su infancia en el Puerto de Santa María, estaba convencido de que ése era su deber, quizá una licencia que ya se podía permitir a los 75 años de melena blanca a la que le faltaba la brisa marina de su juventud, pero alguna resistencia se oponía quizá por temor a que el gesto fuese interpretado como una claudicación o como parte de la escenografía de la Transición, hacia la que una parte de la izquierda mantenía razonable desconfianza.

-Umbral ha escrito que no vaya, pero es más un brindis al sol que la expresión de lo que verdaderamente piensa. Me fuí con el puño cerrado y volveré con la mano abierta en señal de concordia entre todos los españoles…

Me pidió que lo tutease, habló de Asturias con emoción, recitó ‘El alerta del minero’ (‘De la mina vengo, amigo,/ de la mina, compañero./Soy minero barrenero./ Ven conmigo.(…).Vengan las mozas viriles/ y sufra enterrado el miedo,/ que ya las torres de Oviedo/ tiemblan al ver los fusiles/en manos de nuestra gente’).

Salimos a las calles de Roma, su hermoso peligro para caminantes donde se encontraba feliz pese al desgarro sufrido al abandonar España, pese a la lejanía del museo del Prado, la capilla sixtina de sus sueños de cardenal laico y soñador. En una pequeña librería compré ediciones italianas de algunos de sus libros, y entramos en la cafetería de un hotelucho donde un camarero español le pidió un autógrafo, mientras Rafael leía en voz baja, una voz que recordaba la profundidad mineral de la de Pablo Neruda, aunque más clara y limpia de matices, el poema que abre el tomo dedicado a la Ciudad Eterna, y que es un canto de amor a la presencia ausente:

“Dejé por ti mis bosques, mi perdida arboleda, mis perros desvelados, mis capitales años desterrados hasta casi el invierno de la vida. Dejé un temblor, dejé una sacudida, un resplandor de fuegos no apagados, dejé mi sombra en los desesperados ojos sangrantes de la despedida. Dejé palomas tristes junto a un río, caballos sobre el sol de las arenas, dejé de oler la mar, dejé de verte. Dejé por tí todo lo que era mío. Dame tú, Roma, a cambio de mis penas, tanto como dejé para tenerte”.

Tengo para mí estos versos entre los más lúcidos y definidores del caudal amazónico de la lírica de Rafael Alberti, porque en ellos confluyen el hombre interior, en su nido de recuerdos, y el desterrado con la maleta al hombro por los caminos del mundo (Argentina, Chile, México, Uruguay, Cuba, Perú, Colombia, Estados Unidos, Rusia Checoslovaquia, Rumanía, Francia, etcétera) desde que, siendo un muchacho, contrajo una tuberculosis por la que fue ingresado en un sanatorio de Guadarrama, en la cercanía de Madrid y de sus amigos de la Residencia de Estudiantes y sus aledaños (García Lorca, Pedro Salinas, Jorge Guillén, Salador Dalí, Vicente Aleixandre, Garardo Diego, Dámaso Alonso, José Bergamín…), y allí escribió, fruto de su nostalgia del mar de Cádiz, un poemario, ‘Mar y tierra’, que después se convertiría en ‘Marinero en tierra’.

Volvemos a la casa de Rafael, en las cercanías del Tíber, en una Roma ajena al coliseo y anclada en un decorado neorrealista, con corralas castizas y riachuelos asilvestrados bajo puentes de ladrillo rojizo, y donde los niños se hacían pasar por gatos en sus ruidosos juegos cerca del Compo di Fiori, y el cielo, que se asomaba entre los tejados que amarilleaban, eran navegables para los sueños. En la pieza principal de la casa de Rafael tenía su pequeño estudio, donde dibujaba con rotuladores de todos los colores sus palomas inmóviles y los guiños de sus monstruos variados, su fauna de fantasía con la que ilustraba sus libros o cuyos originales complementarían después alguna edición de lujo, singularizándola con los trazos de eterno marinero de aquel pintor del salitre y los esteros del Puerto en que las olas hacen el paseíllo en las tardes de pleamar.

-Recuerdo que, cuando yo era un niño, mi padre, representante de vinos y licores de las bodegas Osborne, estaba siempre de viaje, y mi madre fue quien crió a los seis hermanos. Mis dos abuelos eran italianos, industriales burgueses que regentaban prósperos negocios, y personas muy católicas. Estudié en los jesuitas de san Luís Gonzaga en mi pueblo natal, pero me expulsaron por falta de recogimiento en la misa diaria, denunciado por unos tíos míos. Después nos trasladamos a Madrid, donde acudía al museo del Prado a copiar pinturas sin tutoría alguna, un puro autodidacta.

Tras su regreso a España, y formar parte de las primeras Cortes, donde se presentó con una chaqueta confeccionada con retales de distintos tonos del azul de su mar, al lado de la enlutada Dolores Ibarruri ‘Pasionaria’, diputada por Asturias, Rafael siguió en la brecha de la creación artística porque en ello le iba su corazón y su supervivencia. En varias ocasiones vino a Asturias, pronunció conferencias, dio recitales, fue aclamado en Gijón y en Mieres, y ensamblamos un coloquio mágico en la televisión regional, un mano a mano inolvidable en que también participó Gonzalo Torrente Ballester, y después celebramos el rito de la merluza a la sidra en el Nalón, en la calle fray Ceferino, junto a asturianos de anchos mares interiores como Lola Lucio y Juan Benito Argüelles, viejos amigos, buena gente…

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