06:43. JUEVES 27 DE FEBRERO DE 2020

Calma, que queda mucho por ver

Opinión
17 junio, 2011
Fernando Ónega

De acuerdo: lo ocurrido ante el Parlamento de Cataluña es intolerable. Impedir la entrada de diputados es un atentado contra una institución, delito tipificado en el Código Penal. Agredir a las personas, pintar su ropa e insultarlos es otro delito por el que sus autores habrán de ser juzgados. Ver a un presidente obligado a llegar en helicóptero es una penosa imagen de los efectos de la violencia. Y ese testimonio del diputado ciego al que intentaron quitarle su perro guía fue la nota de crueldad que faltaba para levantar la ira popular contra tanto amotinado irracional.

Constatado el bochorno y vista la indignación que los indignados provocan, hagamos alguna anotación. Una protesta así, tan bien organizada que burló todo el mecanismo de prevención policial montado la tarde anterior, no surge de la nada. Ni siquiera de la mística del 15-M. Surge de unos antecedentes conocidos: Barcelona ha sido el paraíso de los okupas, que disfrutaron de la simpatía oficial; de los marginados, tratados con bondadosa tolerancia desde el ayuntamiento, y de los antisistema, que se manifestaron en múltiples ocasiones y se mezclaron en celebraciones deportivas con reyertas y graves daños a edificios públicos y privados y al mobiliario urbano. Si se quiere ir a la raíz del conflicto no se deben olvidar esos antecedentes.

Segunda anotación: en la situación que sufre España, con el paro sin solución, con la falta de perspectivas que se ofrecen a las nuevas generaciones, con la decadencia de valores y con las injusticias que se observan, hay que contar con alguna expresión del malestar. En unos casos será pacífica. En otros harán su aparición los violentos. Pero no podemos aspirar a que todo el cuerpo social, sobre todo el más sacrificado, reciba los castigos con actitud resignada. Un determinado grado de movilización va a ser inevitable, y los poderes públicos deben hacerse a la idea. Ojalá no vaya más allá del desafecto a la clase política, que es lo que estamos viendo estos últimos días.

Y tercera, las consecuencias. Me asombra la facilidad con que se reclama que la respuesta sea únicamente policial. Esa reclamación no es inocente: con ella se pretende cargar la responsabilidad sobre el señor Pérez Rubalcaba, en la esperanza de deteriorar su buena imagen de ministro del Interior ahora que aspira a la presidencia. Yo solo digo: Rubalcaba podrá actuar donde tiene competencias de orden público, y no es precisamente Cataluña. La policía está para intervenir; pero no para crear un problema mayor, como lo crearía si intentase disolver una concentración de miles de rebeldes. Y la solución de estos conflictos no está en la renuncia a la autoridad; pero tampoco en convertir España en un campo de batalla entre manifestantes y policías. O sea que mucha calma, mucha prudencia y mucha serenidad, que todavía nos falta mucho por ver.

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