06:51. JUEVES 27 DE FEBRERO DE 2020

Lecciones de indignación

Opinión
17 junio, 2011
Hugo Morán

Ya con alguna semana de recorrido, es posible extraer bastantes conclusiones de todo lo que viene aconteciendo en torno al llamado movimiento del 15 M, las acampadas, sus consignas, los participantes, el papel de los medios de comunicación y las nuevas tecnologías en el fenómeno, las reacciones políticas, las repercusiones internacionales… Todo un universo de interpretaciones, tan amplio como interpretadores haya, y tan contradictorias como posiciones personales frente a las mismas puedan concitarse.

Voy a fijarme hoy en la propia contradicción interna del fenómeno en sí. Desde el primer momento hubo un especial interés en resaltar la componente de reacción contra la política que parecía subyacer en la convocatoria de las acampadas. «Los políticos no nos representan», «la política no es la solución, sino el problema», «prescindamos de la política»… Todo un rosario de proclamas contra las estructuras del sistema democrático. Pero a medida que se iba profundizando en los contenidos de los debates, iban emergiendo los matices: no se trataba de cuestionar la democracia, sino su funcionamiento actual.

Pero es indudable que uno de los lemas que más éxito cosechó en titulares fue el de «no nos representan», arrojado frente a las distintas sedes de las instituciones (parlamentos y ayuntamientos). De ese «no nos representan», se infería un «nosotros somos los verdaderos representantes». Y es en este punto donde entiendo que merecería la pena profundizar, para extraer alguna lección que diese cuerpo a toda la amalgama de reivindicaciones y seudoreivindicaciones que han ido esbozando los distintos portavoces según avanzaban los días.

En su recorrido el movimiento constató bien pronto que era necesario organizarse para sostenerse. A continuación se hizo visible que el sistema asambleario era el camino más corto hacia el fracaso absoluto, y se constituyeron grupos bajo la dirección de equipos de coordinadores. Luego se vio que la dispersión de opiniones ante los medios iba degradando los contenidos, y surgieron los portavoces liderando los mensajes hacia el exterior. Los problemas de orden en algunos casos obligaron a condenar la violencia y a los violentos, defendiendo el debate y la palabra como únicos instrumentos válidos.

Esto es: la indignación permitió que muchos descubriesen la política, su grandeza y sus limitaciones. Y concluyeron que sólo la democracia que se construye sobre la política permite avanzar. Lástima que algunos hayan tardado tanto en indignarse.

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