15:35. VIERNES 28 DE FEBRERO DE 2020

Ser y estar

Opinión
17 junio, 2011
Sharon Calderón

Para que nos entendamos: uno puede estar indignado, pero no puede ser un indignado.

Quizá sea mucho pedir, que quienes dicen de sí mismos que “son indignados”, alcancen a ver la diferencia entre ‘ser’ y ‘estar’; pero el hecho es que la hay y no es baladí. Ser un indignado implica una cuestión de esencia, es decir, que la indignación forma parte indisoluble de su constitución como persona. Pero este planteamiento es tan ridículo como pretender ‘ser enfadado’ o ‘ser pensamiento’.

Aceptar ‘ser un indignado’ implica, necesariamente, permanecer en ese estado de manera perpetua, sin posibilidad de cambio. Mientras que ‘estar indignado’ hace referencia a un estado transitorio provocado en un momento concreto ante un hecho o hechos determinados.

El problema de los llamados ‘indignados del 15M’ es que se han creído que ‘son’ indignados y lo mismo da protestar por la limitación del volumen de la música en la calle ante el Alcalde de Madrid, que por el desahucio de una madre y su hija (sin conocer los motivos) en Barcelona, que por los recortes presupuestarios ante las Cortes valencianas. Todo les indigna, todo les descompone, todo les enerva… en todo momento y lugar.

¿Se acuerdan de la fábula del escorpión y la rana? En ella un escorpión pretende cruzar un río y le pide ayuda a una rana. La rana recela del escorpión porque está convencida de que le picará con su cola, pero el escorpión la convence de que no será así. Cuando están en medio del río, el escorpión pica a la rana y ésta, sorprendida, le pregunta: “¿Por qué lo has hecho? Ahora moriremos los dos ahogados?”. A lo que el escorpión responde: “No lo he podido evitar, es mi naturaleza”. Pues bien, lo mismo les ocurriría a los ‘indignados’: es su naturaleza.

Su ‘ser indignados’ les impide poner fin a sus protestas, y son esclavos de su propia indignación. Lo que ocurre aquí es que otros muchos ciudadanos empiezan a ‘estar indignados’ con su comportamiento, con sus protestas y con su modo de ejercitarlas. La generalidad en la que se han sumergido los que ‘son indignados’ es de tal magnitud, que hace imposible que sean capaces de análisis finos sobre la realidad que les rodea: todos los políticos son la encarnación del mal, todos los banqueros son malas personas, todos los gobiernos nos mienten…

Pierden el favor del pueblo a medida que su ‘ser indignados’ se hace más patente. Claman ante los Parlamentos autonómicos que los políticos “no nos representan”, pero quienes gritan semejante lema, tampoco representan a nadie más que a ellos mismos. ¿Tiene fin este movimiento? Mientras sean indignados, desde luego que no, porque es su naturaleza, pero convendrá dejar claro que a muchos de nosotros ‘no nos representan’.

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