08:17. MIéRCOLES 24 DE ABRIL DE 2019

Los últimos ‘teitadores’

Reportaje
9 septiembre, 2015
PEDRO ALBERTO ÁLVAREZ

Después de las cuevas, donde habitaron nuestros más lejanos antepasados, fueron las primeras ‘casas’ de los castros astures, de los poblados romanos y de las tribus celtas. Construcciones circulares, de piedra y techo de paja, que han sobrevivido al voraz paso del tiempo. Teitos en las brañas de Somiedo y pallozas en las montañas de los Ancares, que acabaron convirtiéndose en refugio invernal para el ganado. Abandonados por sus propietarios, los teitos se vienen abajo, aunque algunos son ‘salvados’ y reconvertidos en alojamientos rurales. Los últimos ‘teitadores’, menos de una docena, tratan de mantener en pie estas construcciones únicas y singulares

Quedan pocos teitos en las la­deras de las montañas que separan Asturias y León. La mayoría de las centenarias cabañas de piedra, con techos de paja, imprescindibles para los ganaderos de otros tiempos, se han ido desmoronan­do, quedando olvidadas en la Asturias más profunda. Pero aún quedan un pu­ñado de ‘teitadores’, artesanos que cada año reparan los tejados de los teitos que siguen en pie, y los preparan para los duros inviernos. Los últimos techado­res recorren durante el verano las bra­ñas, anticipándose a las lluvias y las nieves, manteniendo una tradición an­cestral. Los teitos siguen cumpliendo su función, como graneros, refugios de ga­nado o atractivos turísticos, aunque es­tán en vías de extinción. Igual que los ‘teitadores’.

En Veigás, un pueblo situado en el valle del río Saliencia (Somiedo), el Eco­museo del concejo reparó un pequeño conjunto de tres casas, cubiertas de una techumbre realizada con escoba (un ar­busto típico de la zona). Estuvieron ha­bitadas hasta mediados de los años 80, y se conservan tal como eran entonces, aunque sólo para las miradas indiscre­tas de los turistas y visitantes. Cada ve­rano, los teitos son recubiertos con vege­tación, para aislar el interior del frío y la lluvia, como apunta Maria Teresa Lana, directora del centro de interpretación.

Jorge López es uno de los últimos teitadores de la vertiente leonesa. El al­calde de Peranzanes (El Bierzo), Vicente Díaz, le llama cada mes de agosto para que repare los tejados de los teitos del área de interpretación del castro de Cha­no, en el valle de Fornela (El Bierzo), que se encuentra a tan sólo cinco kilómetros del concejo asturiano de Degaña. “Solo podemos llamarle a él, es el único teita­dor que queda en la zona”, comenta el alcalde del pequeño municipio leonés, donde sus habitantes hablan con un marcado acento gallego. Y es que Jorge López, a punto de cumplir los 70 años, se sigue encaramando a su escalera de ma­dera, para cubrir las grietas en el tejado con hatillos de paja de centeno, cultivada en una finca cercana. El ‘teitador’ se crió bajo uno de esos tejados de paja, aparen­temente frágiles, pero muy resistentes. De niño vivió en una ‘palloza’, en Villa­feile, una pequeña aldea del Bierzo. Los teitos que reparó el mes pasado en Los Ancares ya no están habitados. Solo re­crean los asentamientos de los astures, que hace miles de años, poblaron el cas­tro. Pero al igual que entonces, alguien tiene que subir a un tejado apoyado en muros circulares. Son cabañas-museo, pero no muy diferentes al hogar donde se crió Jorge. Para él es su forma de vi­da, aunque reconoce que “esto no puede hacerlo cualquiera”. El secreto, si es que lo hay, “es hacerlo antes de que llueva”. En su opinión, “si queda bonito o feo, no es tan importante”. La gruesa capa de paja, bien apretada en pequeños hati­llos, cumplirá su cometido cuando llegue el agua y la nieve, manteniendo seco el interior. El trabajo es totalmente artesa­no, y ninguna máquina puede sustituir al techador, o hacer más sencilla su ta­rea: retirar la paja vieja, enjutar (apretar) la nueva, y rasear con la pala (igualar la longitud) de los haces de centeno. Mien­tras existan teitos o ‘pallozas’ (en Galicia, Asturias y León reciben diferentes nom­bres), el teitador recorrerá cada verano los mismos castros y brañas, para hacer su trabajo, haciendo equilibrios en lo al­to de los tejados de paja. Pero no hay re­levo generacional, y es posible que con Jorge finalice una saga de hombres de la montaña que mantienen en pie a los últimos teitos y ‘pallozas’.

Juan de Burbia es otro teitador de la ‘frontera’ leonesa, responsable de la reparación de la palloza de Pereda, en Los Ancares, que ha permanecido en pie por la determinación de sus dueños. En Los Ancares existe una Escuela Ta­ller que hace dos años colaboró en la reparación de las vigas del techo. Pero fue necesario llamar a Juan de Burbia para colocar el tejado, con paja de cen­teno (como es costumbre al sur de la Cordillera).

Los teitos se extienden también por el sureste de Galicia y sus agrestes montañas. Allí, hombres como Manuel Monteserín, aprendieron el oficio por necesidad, hace una década. Tenía un hórreo en Balboa, con cubierta de paja, y el techador no tuvo tiempo de repo­nerlo por completo. Manuel se fijó en la técnica, y continuó el trabajo. Des­de entonces, echa una mano a sus ve­cinos, y hasta ha construido una nueva palloza. Y su labor no pasó desaperci­bida. También es responsable de la te­chumbre de los castros celtas y roma­nos de Santa Tegra (A Guarda), Monte do Castro (Vigo) y el Campo Lameiro (Pontevedra). El oficio de los teitadores está acompañado por su propio léxico, que también va desapareciendo. El centeno se ata en “mollos” (haces de paja), después en “colmos” que se colocan en tiras (filas verticales de capas superpues­tas, atadas a la es­tructura), y se atan con “bincallos”, antes de ser igua­lados, cortando lo sobrante con una navaja. Y también hay “beos”, aros de madera utili­zados para fijar la techumbre a la estructura, y evi­tar que el viento se la lleve. Aunque los techos de paja pueden durar unos diez años, es nece­sario ir parchean­doles año tras año. Cuanto más prie­tas estén las de­cenas de miles de espigas de cente­no, que llegan a sumar medio me­tro de espesor, de mayor calidad se­rá el tejado. Y no siempre es fácil encontrar mate­ria prima. Ahora el centeno solo se cultiva en algunas zonas de Astorga, de donde se ‘im­porta’ para cubrir las pallozas de Galicia. La meca­nización del cam­po y la utilización de empacadoras, dificulta la obtención de la paja ade­cuada. Antiguamente, las pallozas de León estaban rodeadas de campos sembrados de centeno, mientras en Asturias, la escoba sigue creciendo en cualquier parte. Al menos en el Princi­pado, no falta material ‘de obra’ para re­parar los tejados de la forma más tradi­cional. Sin embargo, faltan manos para trabajar. Los últimos teitadores (media docena en Galicia, un par en León, tres o cuatro en Asturias) se han convertido en una ‘especie en extinción’, y nadie cuidará de estas cabañas centenarias de piedra y paja, cuando ellos hayan desaparecido.

500 teitos abandonados

En muchas casas de los pueblos del valle de Saliencia, se conservan pesadas llaves de hierro, que abren las cerraduras del tei­to familiar, situado en la braña. Pero salvo excepciones, no es necesario cargar con la llave montaña arriba para entrar en el in­terior de los teitos. La mayoría tienen las puertas podridas, el tejado lleno de agu­jeros, y boquetes en las paredes. Según el último recuento, realizado hace tres déca­das por los museólogos Armando Braña y Juaco López, en Asturias había 894 tei­tos, y la mayoría, unos 700, estaban en So­miedo. Pero apenas unos 250 estaban en buen estado. Cabañas, pajares y casas con techo de escoba, que salpicaban las bra­ñas, se han ido deteriorando, junto a los caminos, pastos, abrevaderos y fuentes. Juaco Braña, director del Museo del Pue­blu d’Asturies, reconoce que la situación desde entonces solo ha empeorado. “Los teitos de paja casi han desaparecido. Pue­de que queden uno o dos hórreos teitados con centeno en los Oscos o Ibias, pero ya no queda nadie que los mantenga. Los únicos que conocen la técnica tradicional tienen 70 años”. Había dos tipos de techa­do. “Una era la paleta, que realizaban tei­tadores especializados que venían de Los Ancares, y otra la ‘baguna’, que era más común. Pero ahora ya nadie planta cente­no en Asturias”. Por otra parte, los teitos de escoba, se han conservado un poco me­jor, “porque abunda la materia prima, y el Principado y el Ayuntamiento de Somiedo se molestaron en comprar algunos”. En 2009, el Ayuntamiento de Somiedo encar­gó a la empresa Tragsa un estudio dentro de los límites del concejo, que confirmó que tan sólo 250 teitos permanecían en pie, un número cercano a las 265 subven­ciones concedidas por el consistorio para su mantenimiento. Tragsa concluyó que para garantizar el futuro de los teitos, es necesaria una inversión de unos seis millo­nes de euros, ejecutada a través de un plan director, que estaría en vigor durante una década. Demasiado dinero para rescatar un patrimonio olvidado, concentrado en un territorio muy pequeño de Asturias, e invisible para la vista del Principado.

Hombres y animales bajo el mismo techo

En los años 80, aún había pastores viviendo en los teitos de Somiedo, o en pallozas, en los límites de León, Asturias y Galicia. Entonces, el oficio de teitador aún estaba muy presente en la Asturias rural, donde no faltaba trabajo durante el verano. El oficio solía pasar de padres a hijos, y no era difícil encontrar a familias enteras encaramadas sobre las vigas de madera. Los teitos más grandes, con dos plantas y altillos, requerían la labor de varias personas, durante más de una semana.

Ahora, los teitos mejor conserva­dos, entre ellos dos de las casas del Ecomuseo de Somiedo, son propie­dad del Principado (las compró en el año 2000 para asegurar su con­servación). Aunque en su origen los teitos no tenían ventanas y no había paredes que separasen al hombre de los animales (sobre todo vacas y ca­bras), con el tiempo las cabañas de piedra y paja se fueron ampliando. Hace tres o cuatro décadas, la ma­yoría ya contaban con dos ‘habita­ciones’ separadas, manteniendo el ganado en una construcción anexa a la principal. Tenían cocina, llar, y algunas, las más ‘modernas’, incluso luz y agua corriente, todo un adelan­to en las brañas. Aunque poco a poco las condiciones de vida fueron mejo­rando, hay costumbres que aún hoy se mantienen. El material del tejado, la escoba, tiene que cortarse en unos días determinados, dependiendo de las fases de la luna. El saber popular asegura que sí se cumple la tradición, el tejado será mucho más resistente. Con medio metro de grosor, los tei­tos bien construidos, pueden sopor­tar hasta el temporal más duro. “Una casa bien teitada aguanta lo que le echen, siempre que no queden hue­cos sin cubrir”, apunta María Teresa Lada, directora del Ecomuseo. Los teitadores de Somiedo tenían trabajo de sobra, porque además de las caba­ñas, también los tejados de molinos, hórreos y hasta de las escuelas de los pueblos, estaban cubiertas por haces de escoba, antes de ser sustituidos por teja o pizarra. Un trabajo duro, que requiere esfuerzo, conocimiento y precisión. Un error al compactar las hojas de escoba, o los haces de ceba­da, y la lluvia podría colarse dentro de la vivienda, e incluso hundir la te­chumbre. La paja y la escoba son un impermeable natural, pero también pueden pudrirse, si el teitador no es minucioso. Sin guías, ni manual de instrucciones, el trabajo del techador solo puede aprenderse observando a los ‘maestros’ y atendiendo a sus ex­plicaciones. Los más veteranos llevan medio siglo protegiendo el ganado y las propiedades de sus vecinos del mal tiempo, y conocen a la perfec­ción su oficio. Pero no hay nadie dis­puesto a tomar su relevo y aprender un oficio sin apenas futuro. Los últi­mos teitadores son los vestigios de una forma de vida que está a punto de desaparecer.

Durante su visita al concejo de Somiedo en 2004, con motivo de la entrega del Premio al Pueblo Ejem­plar, Don Felipe y Doña Letizia (en­tonces Príncipes), pudieron conocer la técnica de los teitadores, mante­nida hoy como un bien etnográfico, que como un oficio útil.

Redondos, cuadrados, sin venta­nas o de dos plantas, las construccio­nes cubiertas con centeno o escoba, igual que los castros romanos y cel­tas, aún forman parte del paisaje de las montañas de Asturias, León y Ga­licia, aunque la mayoría se encuen­tran en ‘poblados’ artificiales, o han sido convertidos en aulas etnográfi­cas o alojamientos rurales.

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