07:04. JUEVES 09 DE ABRIL DE 2020

Post tenebras lux

Cultura
6 agosto, 2011
Por JAVIER ALMUZARA

Con ligereza de turista y gravedad de viajero siento el vertiginoso paso y peso del tiempo. Vuelvo repetidamente sobre calles ya familiares, ayer mismo desconocidas, con la sensación de última oportunidad que el viaje le da a cada paso. En casa se arrastran las horas, aquí vuelan los segundos. Sobre todo aquí, en Suiza, donde la puntualidad se mira en el espejo de todos los relojes. Sin embargo, algunos parecen haberse quedado en otro tiempo. El reloj de sol del castillo de Saint-Maire que domina el delirante dédalo de Laussane exhibe una leyenda luminosa: “solo señalo las horas claras”. Esa evidencia deja claro nuestro deber de consignar puntualmente cada pasajera felicidad, de poner en hora el reloj de la memoria para que el mecanismo del olvido borre todas las horas grises. En la plaza de Louve otro aforístico reloj de sol recuerda, campanudo, que el tiempo pasa y la eternidad queda. De otra manera me asalta la misma verdad con mi propia imagen, enmarcada por un reloj de espejo cuyos doce números han sido sustituidos por una frase redonda (nunca mejor dicho): “resta il tempo”. Paso de largo, y rumio la escueta verdad que ya me excluye. El tiempo quedará, pero aún queda tiempo.
Ansioso por aprovecharlo, me acerco a Ferney-Voltaire, el pueblo de un hombre, para saludar a ese viejo amigo; y tengo la sensación de que tan ilustre muerto es su único habitante. La villa sestea, pero yo estoy alerta a las señales de bienvenida. El maestro me saluda antes de que lleguemos a su cauteloso château (tan lejos de Versalles que podía pensar sin pensar en las consecuencias) con el inquietante aviso de una propiedad privada: “perro malo y perspicaz”. Voltaire era ese perro guardián que no dejaba pasar a propios ni extraños ninguna superstición, por jugoso que fuera el hueso de su retórica. La genuina admiración que Rousseau le profesaba no sobrevivió al ingenioso trato del vitriólico Voltaire. El ilustre misántropo no quiere recibirnos, así que paseo mi cándido optimismo por el único local que parece abierto: el cementerio.
No es un lugar histórico, pero está lleno de historias memorables. Las columnas truncas de algunos caídos en la Gran Guerra recuerdan a la firme juventud abortada por los odios seniles de la trágica familia europea. Entre las tumbas más recientes veo un corazón hecho con piedras redondeadas, endurecido por el destino y limado por la pena; y me fijo en un ángel de piedra que proyecta su sombra tutelar sobre el reverso de la lápida contigua. Ahora entiendo por qué las tumbas se aprietan unas contra otras: por mejor pasar el frío de la noche. No es un abigarrado vecindario impersonal como puede parecer desde la cancela. La clara pena y la difusa gloria tienen nombre propio en todas estas vidas irremediables. Aquí no se cancela nada, y cada lápida repite un nombre para que los vivos recuerden su destino y los muertos no se olviden de sí mismos. En su viva memoria parece haberse sustituido el antiguo cementerio de Berna por el Jardín de las Rosas, donde todas las flores tienen nombre propio y padre conocido. Pero el más hermoso es el de Plainpalais, en Ginebra, un lugar de paseo para los vivos y de reposo para los muertos, donde los de arriba y los de abajo conviven en armonía.
La ciudad de Calvino acoge en su más amable cementerio los enjutos restos del reformador bajo un severo acrónimo: ‘JC’. De la impecable manzana de Guillermo Tell y la manzana libre de la podredumbre eclesial que soñaron los reformadores ginebrinos deviene una idea de sacrificio, exactitud y pureza que, al margen de sus corruptelas, sugiere un modelo muy noble. Borges amó esta ciudad, y bajo una lápida que recuerda el deber del valor, dio el paso definitivo. Muy cerca yacen los restos de Léo Ferrero, que murió antes de tiempo pero a tiempo de legarnos tres modestas condiciones para la felicidad: “una mujer que me ame, un poco de música, mucho silencio”. En recuerdo de todos los que alguna vez lo fueron todo para alguien, terminé durante el viaje este poema que reprocha al mundo su belleza intolerable:
Todo mueve al asombro sostenido: / del vario y recurrente amanecer / a la insólita noche aún por caer; / y todo es nada, soledad y olvido. / La comedia carece de sentido / hasta que alguien le da razón de ser / porque tenemos algo que perder / perdiendo el escenario compartido. / La vida fracasaba en tus afueras / como una presa herida al descubierto. / Yo era feliz para que tú lo fueras. / Pero nada se pudre en tu reposo; / y eso es lo más terrible, porque has muerto, / y el mundo sigue siendo tan hermoso…

Comparte:
  • Print
  • Add to favorites
  • RSS
  • Digg
  • Facebook
  • Google Bookmarks
  • Bitacoras.com
  • email
  • Live
  • MySpace
  • Netvibes
  • Technorati
  • Twitter