04:47. JUEVES 09 DE ABRIL DE 2020

Por el camino de Piglia

Cultura
6 agosto, 2011
Por DIEGO MEDRANO

Sostiene Ricardo Piglia cómo la literatura está muy ligada a la conversación, donde entraría un poco todo: discusiones en los bares, circulación de relatos, etcétera. Sostiene Piglia -heredado de uno de sus maestros más decisivos: Saer- cómo la ficción es otra forma de lo real; cómo la ficción tiene que ser verosímil pero no veraz. Sostiene Piglia: “Borges siempre hablaba o escribía como si su interlocutor supiera más que él. Nunca tuvo una actitud paternalista, de tratar de ser pedagógico, ni en sus textos ni en sus relaciones personales”. Sostiene Piglia cómo hay dos tipos de lector: el lector/Kafka (aquel que se encierra, se aísla, cita la frase del conocido autor de ‘La metamorfosis’: “Me gustaría estar en una catacumba, en un sótano y que me dejaran la comida en la puerta para que yo pudiera caminar un poco y que después nadie me molestara”) y el lector/Joyce (el modelo de Bloom: el lector urbano, que anda por las librerías buscando libros eróticos para Molly, al mismo tiempo se encuentra con otros libros; el lector que hoy lee mientras contesta emails, habla por teléfono, mira la televisión un rato; aquel cuya lectura está cortada por la ciudad, por el ruido de la vida, y avanza como quien hace lo propio por tal o cual calle). Cita Piglia a Pere Calders, escritor catalán, tímido que leía en los tranvías, hipertímido que sólo se bajaba en su estación si algún otro se levantaba también, la historia de un hombre culto por complejo, de un hombre culto por secreto…
Sostiene Piglia cómo toda novela trata de alguien que busca algo: los personajes son investigadores. Y que el intelectual de la modernidad es un tipo muy particular: el detective. Contrapone este mecanismo a otro mucho más clásico: la tensión entre la acción y la lectura. La política, como acción; la lectura, como especulación o evocación (algo que ya viene en el discurso de las armas y las letras del Quijote). Cita a Bolaño -sus personajes son todos detectives- en ese afán de ir más allá de la literatura: de la vida como vanguardia. La exploración que consiste en convertir el arte en una forma de vida. “Muchos de los poetas de Bolaño no tienen obra ni necesitan tenerla, lo que quieren es vivir poéticamente”, Piglia dixit. Cita Piglia una nueva tensión –que ya estudiara Walter Benjamin-: la de información/narración. La imposibilidad de narrar desde la información; lo incompleto de toda información, que, nuevamente, parece necesitar de más datos y datos; esa condición de la narración de jamás cerrar el sentido: la novela, la poesía, lo que sea, tiene siempre un punto propio.
Se pregunta Piglia el por qué del ansia de salir de toda biblioteca a la vida, como si la biblioteca estuviera aislada de la vida, como si fuera quimérico una fuerte experiencia de lector o escritor. Esa frase tan en uso: “Salgo de los libros para ir a la experiencia”. El mundo cerrado de la biblioteca o los libros, frente al mundo abierto de la vida, aunque nadie, realmente, sepa lo que es. Y subraya Piglia el legado de la ‘Beat Generation’ (Kerouac, Ginsberg, etc) en su intento de unión vida/literatura. Escribe Piglia frases que son plenos diagnósticos médicos o terapéuticos: “Uno lee en el medio de la vida y la vida irrumpe en lo que lee y lo que uno lee irrumpe en su propia vida”. Llama Piglia ‘utopía’ a toda materia literaria -“Esa forma privada de la utopía”- , destacando el hecho de que trabaje con elementos que no siempre pertenecen al mundo de los hechos pero que contribuyen a crear su posteridad. Lo perdurable de muchas figuras, sí, que empezaron en la fabulación, el mito, el territorio del relato, la fantasía.
Todos los debates de la Modernidad
-con mayúsculas- son acerca del formato en el que la letra impresa va a continuar -blogs, libros electrónicos, etc-. Casi nadie
-salvo Piglia- se pregunta qué tipo de lector requieren los nuevos tiempos. Que puede implicar leer o escribir en los tiempos que corren. Lo vital o estancado de toda cultura, de toda lectura, de toda pequeña o gigantesca biblioteca torrencial. Me fascina esa idea del lector como detective y éste, a su vez, como máximo intelectual de un tiempo que necesita respuestas. Lo contrario es conjetural, palindrómico, una literatura o lectura de pleonasmos, jamás de asideros: estamos cayendo por el barranco y precisamos un saliente al que agarrarnos. Se ha acabado la retórica: comienza el terreno estricto de la supervivencia. La acción -en la tradición cervantina- sólo quiere decir una cosa: tomar las armas. Necesitamos el lector que suba al tranvía, lea como si callejease, esté pendiente de todo (televisión, emails, deportes, mujeres…) y destile una confesión de todo ello más cercana al susurro, a la verdad, que a lo grato o estético de una sonoridad radiante, repleta de valores artísticos. Necesitamos un lector/Joyce –en la terminología de Piglia- que busca y busca, no encuentra, y todo lo aprovecha en su íntima o inmediata desesperación.
Todo Piglia es un posicionamiento real -verosímil- hacia un tipo de lector extremo y su experiencia. Todo Borges es una ‘apropiación constante’ de un lector extremo. Don Quijote -héroe y padre de la novela moderna- es ante todo la vida exacta de un lector. Dice Piglia: “Es sorprende la creciente proporción de libros destinados a las personas que normalmente no leen. Es como si los fabricantes de vino empezaran a hacer vino sabor chocolate o té para que la gente abstemia se acostumbrase a su sabor”.

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