16:31. MARTES 16 DE JULIO DE 2019

El terremoto que se sintió en todo el mundo

Reportaje
13 octubre, 2015
LUCÍA GARCÍA

Uno de noviembre de 1755. Día de Todos los Santos. Las igle­sias de Portugal y España es­taban llenas de fieles que re­zaban por sus difuntos. A las nueve y media de la mañana, el suelo se abrió en Lisboa, tragándose decenas de miles de almas. Unos 15 minutos más tarde, según el Padre Feijoo, las réplicas llegaron a Oviedo. Y según informó un escribano de Avilés, “entre las diez y las once de la mañana, se recono­ció un temblor de tierra en la villa”. El gran terremoto de Lisboa -y el posterior maremoto e incendio-, ocurrido hace 260 años, fue posi­blemente el peor desastre natural de la histo­ria moderna. Dejó más de 100.000 muertos, desde las costas de Marruecos a España, y arrasó la capital lusa, provocando unos 90.000 fallecidos, según las fuentes de la época. En 2004, unos obreros encontraron en Lisboa una fosa común con más de 3.000 cuerpos. Y es posible que queden aún muchos más por descubrir. Las consecuencias del terremoto de 1755 aún son visibles en Portugal, y en Es­paña. Las Catedrales de Lugo, Salamanca o la Torre del Oro de Sevilla, conservan cicatrices del terremoto, que en Asturias según las cró­nicas, no dejó secuelas. Aunque dio un buen susto a los vecinos de la costa. No hay regis­tros de muertos ni derrumbes, pero si testimo­nios de aquel ‘castigo divino’, para el que no tenían explicación.

Las campanas de Avilés

El texto más fiel sobre los efectos del terre­moto en nuestra región, es obra de Francis­co Fernández Reconco, ‘escribano de la villa de Avilés, sus concejos y jurisdicción’. Pocos días después, relató que “en el día de Todos Santos de este año de 1755 que nuestra Ma­dre la Iglesia celebra de precepto, estando el día muy claro, sosegado en calma y sin vien­tos, siendo entre diez y once de la mañana, se reconoció un temblor de tierra, y después por noticias que vinieron fue general en todo el mundo”. Las monjas y los frailes salieron corriendo de los conventos, creyendo que se les venían los muros encima. Francisco Fer­nández Reconco fue un testigo de excepción. “Estando en la plaza mayor de esta villa, fren­te a la torre del reloj de ella, no siendo horas de dar campanadas, y con el motivo de este temblor, le oí dar siete campanadas chicas”. La tierra se movió lo suficiente para que las pesadas campanas de metal comenzaran a repicar, provocando momentos de pánico y desconcierto. La ignorancia, y la superstición no ayudaron a calmar los ánimos. Una hora y media después del terremoto, el escriba apun­tó que “los caños de esta villa, con el motivo de remudarse la tierra en su centro, se puso el agua por espacio de más de cinco horas más revuelta y turbia que el barro colorado”. Algunos creyeron que de las fuentes manaba sangre, una señal del Apocalipsis. La crónica también relata que en el momento del seis­mo, la marea estaba baja, y muchos barcos en tierra. Una circunstancia que pudo evitar muertes, porque después del terremoto, llegó el maremoto. “En cuya ocasión estaba la ría vacía del todo, y en el pozo, junto a la puen­te, se levantó o vino del mar alta un golfo de agua que obligó a flotar los na2víos que allí estaban y se dieron unos con otros”. En unos minutos, el nivel del mar subió varios metros, para ‘batirse en retirada’ de nuevo un cuarto de hora después. Cientos de kilómetros al sur, en Gibraltar, y cientos de kilómetros al norte, en Cornualles, en el extremo surocci­dental de Inglaterra, el mar se elevó dos me­tros. Probablemente, en Asturias el tsunami fue aún mayor.

Las cartas del Padre Feijoo

Mientras en Avilés los vecinos abandonaban sus casas por temor a que el techo cayera so­bre sus cabezas, en Oviedo apenas hubo se­ñales del desastre. El Padre Feijoo escribió va­rias cartas a su amigo Juan Luis Roche (un comerciante de Cádiz) sobre el terremo­to, y reconoció que “no sentí ninguna de las dos contusio­nes que levemente se hicieron sentir en la ciudad”. Proba­blemente, el religio­so estaría en Santa María la Real de la Corte, o en el Mo­nasterio de San Vi­cente en el momen­to del terremoto. 18 días después, el 19 noviembre, el Padre Feijoo escribió por primera vez sobre el suceso, situándo­lo “entre las diez menos cuarto y las diez menos diez”. Formuló su propia teoría sobre las cau­sas. Entonces, los eruditos explicaban que los terremotos se debían a derrum­bes en las cavernas que, según creían, se encontraban ba­jo tierra. El Padre Feijoo aventuró que los terremotos eran consecuencia de ex­plosiones, similares a los temblores que ocurren en la super­ficie tras las voladu­ras de las minas, pe­ro “¿cuántos son los pueblos de España que sintieron simul­táneamente el terremoto?”, se preguntaba. No pudo explicar cómo fue posible un de­rrumbe o explosión subterránea tan grande, y cuyo temblor se sintió en Oviedo y Cádiz. Y su referencia era la ciudad andaluza, y no Lis­boa. Las pocas noticias sobre el desastre pu­blicadas en La Gazeta de la Corte, los días 4 y 11 de noviembre, hacían referencia a los efec­tos del seismo en Madrid y Andalucía. Aún no sabían que Lisboa había quedado destruida. El hispanista Nigel Glendinning, que partici­pó en 1964 en un simposio sobre el Padre Fei­joo celebrado en la Universidad de Oviedo, re­lata la existencia de varias cartas escritas por británicos que se encontraban en Andalucía, por un monje jesuita, y por un licenciado de la Universidad de Salamanca, que constitu­yeron las primeras fuentes de información en España, donde el desastre fue conocido como el ‘terremoto de Cádiz’. Chiclana, Rota, San­lucar de Barrameda, Jeréz de la Frontera y el Puerto de Santa María, fueron borradas del mapa por olas de 12 y 15 metros de altura. So­lo las altas murallas de Cádiz, impidieron que el mar devorara sus calles, aunque al final de la jornada, contabilizaron 15 muertos en los barrios, y cientos en los pueblos y arrabales del exterior.

La carta del alcalde de Oviedo

El Rey Fernando VI intentó hacer un balance de daños del terremoto, que había vivido en primera persona, en Madrid. Ordenó enviar un cuestionario de ocho preguntas a todas las ciudades y pueblos del reino (1.273 locali­dades en total), cuyas respuestas se guardan en el Archivo Histórico Nacional. “¿Se sintió el terremoto? ¿A qué hora? ¿Cuánto duró? ¿Hubo señales? ¿Han resultado muertas o heridas personas o animales?”… Antonio Va­rela Vermúdez, alcalde mayor de Oviedo, en­vió su carta el 19 de noviembre. Situó el tem­blor “a cosa de las nueve y media de la ma­ñana, minuto más o menos, y duraría minuto y medio”. En la capital y en los pueblos del Principado “no se ha experimentado señal antecedente ni novedad particular; ni daño ni estrago alguno”, aunque otros testigos re­lataron los problemas en la ría de Avilés, que se repetirían a lo largo de toda la costa. El al­calde relató que las casas, los templos, los ani­males y las personas no resultaron heridos, posiblemente por intervención de la “Divi­na Providencia”. Antonio Varela dejó escrito que “en muchas partes y fuera de las casas ha sido imperceptible, sin que causase con­moción”. Pero o no le llegaron noticias de los monjes corriendo asustados fuera de los con­ventos, o prefirió callar. En la carta, también relató que al terremoto le siguieron nevadas e inundaciones que arrastraron numerosos puentes, un desastre mucho peor, para el al­calde-gobernador, que el temblor de Lisboa se sintió en todo el mundo.

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