17:42. LUNES 30 DE MARZO DE 2020

Manolín quería una estatua

Oviedo
23 octubre, 2017
Todos le llamaban, y le conocían, como ‘Manolín’ o ‘Manolín el gitano’, pero su nombre era José Manuel Manzano Ramírez. Tenía 58 años, aunque a veces, aseguraba que era una década más joven. Al menos, estaba seguro de que había nacido en La Corredoria, en una familia muy numerosa. “Éramos 11 hermanos», recordaba cuando le preguntaban. Hoy, solo queda uno con vida. El pasado sábado, Manolín murió en el HUCA, tras 4 días ingresado por una neumonía. La causa de su fallecimiento, un ‘fallo multiorgánico’. La heroína le acabó pasando factura. Ingresaba en el HUCA cada poco tiempo (la anterior, hace una semana), y se marchaba tan rápido como había llegado, incluso con la vía puesta, para desesperación de enfermeras y celadores.
Manolín estaba soltero, y aunque tenía 15 sobrinos, apenas le hacían caso. “Trabajé muy poco”, contaba, y además desde joven se dio a la mala vida. Su paso por la cárcel no le ayudó a enderezar el rumbo. Cuando tenía unos 20 años, acabó entre rejas por robar de la Catedral “unas tallas de Berruguete, del siglo XVI, de San Juan, San Pablo y San Lucas” (citaba el objeto del robo de carrerilla), y como casi todos los condenados, se declaraba inocente a quien le quisiera escuchar. “No fui yo, fue uno de mis hermanos, que me acusó. Y pasé cuatro años encerrado en Arcipreste de Hita” (la antigua prisión provincial, previa a Villabona). Salió de la cárcel con algunos tatuajes (como el que mostraba en el dorso de la mano), y más enganchado al ‘caballo’ que nunca. Por suerte, consiguió quitarse el mono a base de metadona, y según su versión, llevaba limpio más de una década. «Sigo vivo porque soy muy duro, muy duro”. Al final, no lo era tanto.

Manolín, de profesión mendigo, dormía todas las noches en el albergue de Calor y Café, y comía a diario en el McDonalds de la calle Uría, con los pocos euros que va reuniendo de unos y otros (también la caía algún billete, hasta de 50, a principios de mes). Con sus muletas, y las cicatrices que le dejó la paliza que le dieron unos rumanos (según su versión), corría rápido para pedir “un durín para un cafetín” o farfullando frases incomprensibles, dependiendo del día. En San Mateo, no le hacían falta muletas, para bailar al son de cualquier música, aunque pasó varias veces por el quirófano para operarse de las caderas, porque tenía «el hueso de la pierna desprendido”.
A Manolín casi se le acaba el chollo hace siete años, cuando el Ayuntamiento aprobó una ley para prohibir la mendicidad. Entonces escondía el vaso de cartón dentro de su chaqueta, y lo sacaba cuando veía un rostro amigo. Pero el temporal pasó, y volvió a la rutina de siempre. La Policía Local le conocían de sobra, y también los policías nacionales que, de paisano, patrullan las calles comerciales para evitar robos. Si le veían dormitando en un portal, o discutiendo con alguien le paraban, pero rara vez acababa en comisaría. Ya no era tan peleón como antes, cuando se enfrentaba a los agentes, y les insultaba. Se ganó buenas multas (que no pagaba) por “desconsideración a la Autoridad”. Puede que alguien respondiese por él para que no volviera a la cárcel, o que la Justicia hiciera la vista gorda con el mendigo más conocido de Oviedo. Pero no siempre fue inofensivo. Asustaba a los niños pidiéndoles tabaco, y amenazaba con “rajarte” si no le dabas algo. Sin embargo, sus ocurrencias, como cuando abrazó a Gabino de Lorenzo diciendole “¡Masip, yo siempre te voto!”, le hicieron popular. Varias veces se le dio por muerto, como en 2013, cuando uno de sus hermanos empezó a recaudar dinero para pagarle el funeral, contando que se había muerto Manolín. Y el bulo rodó durante un par de días, hasta que Manolín  ‘resucitó’, apoyado en su bastón, por el entorno de La Jirafa. Esta vez, no era un rumor.
Orgulloso de su popularidad, Manolín decía ser más famoso “que la estatua de Woody Allen”. Para no ser menos que el director de cine estadounidense, también quería una escultura. Y no era un capricho reciente, ni los celos porque ‘Rufo’ tuviera una réplica de bronce en la esquina de la calle Uría con Doctor Casal, en pleno centro del ‘territorio’ de Manolín. “Pido que me hagan una estatuta, ya que me la merezco, y la gente me quiere mucho”. Durante un par de semanas, hace dos años, hizo guardia junto a ‘Rufo’ (a quien atizó alguna pedrada en sus tiempos) con una vieja libreta, pidiendo firmas para conseguir su sueño, y de paso, mendigar unas monedas.
Fue yonki, posó como modelo para un cuadro expuesto en el Museo de Bellas Artes, tenía parada fija en el Rincón Cubano, atracó a punta de navaja, y hasta tenía (aún tiene) un perfil falso en Twitter, donde confirmó su ‘propia’ muerte. Manolín ya era el que era. Se conformaba con su menú ‘Big Mac’ cada día, y con racanear cigarrillos, apoyado en alguna esquina de la calle Uría.
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