20:40. MIéRCOLES 19 DE FEBRERO DE 2020

Mezquindad política

Editorial
1 septiembre, 2016

España lleva 263 días con un gobierno en funciones y diez meses sin tramitar una sola ley. La última ley que aprobó el Congreso fue la de los Presupuestos Generales que recibió el visto bueno del parlamento el 29 de octubre del pasado año. En paralelo, hace más de diez meses que el gobierno no se somete al control del Parlamento, y desde entonces más de 2.500 preguntas de los diputados permanecen sin respuesta. La parálisis más larga de la democracia, se ha cobrado también dos elecciones generales y dos investiduras fallidas. Y hay muchas papeletas, por no decir todas, para que se celebren unas terceras elecciones, antes de fin de año, que probablemente poco o nada alteraran el actual reparto de escaños. La obcecación política nos ha conducido hasta aquí. A una situación que no parece tener fin, a un bloqueo político sin precedentes en la historia de nuestro país, y a una incierta situación que retrasa, aún más, las grandes reformas sociales y estructurales que demanda España. Desde luego, y tras años de continuos sacrificios y recortes, los ciudadanos no nos merecemos semejante esperpento y maltrato político.

Diez meses en blanco y no se atisba ninguna solución que ponga fin a tan vergonzosa situación política. Además del vacío legislativo y del parón institucional, España se arriesga a una multa de unos 5.000 millones y la congelación de fondos europeos por valor de 1.100 millones, si antes del 15 de octubre no presenta a las autoridades europeas su plan presupuestario de ingresos y gastos. Y a poco más de un mes, no hay ninguna señal que nos indique que el gobierno en funciones va a cumplir con su obligación de presentar las cuentas en el plazo marcado por la UE. Si así fuese estaríamos ante otra irresponsabilidad que tendría perversos efectos -de nuevo- sobre los bolsillos de los ciudadanos que siempre acabamos pagando, a golpe de ajustes, recortes, o impuestos, las tropelías de la vieja y la nueva política.

El escenario político y judicial, con elecciones autonómicas en Galicia y en el País Vasco, con el inicio de la colección de juicios que tiene pendientes el PP (Gurtel, Púnica…), y con el calendario secesionista que se ha puesto en marcha en Cataluña; condiciona, aunque no debería, el bloqueo político que sufre España. Aún así, los ‘cuatro mosqueteros’ de la política española han tenido tiempo más que suficiente para alcanzar un acuerdo, aunque fuese de mínimos, para desbloquear esta situación de prolongada parálisis. Pero no lo han hecho y solo se han dedicado a ‘marear la perdiz’. Ciudadanos, que primero alcanzó un acuerdo con el PSOE que acabó tras la investidura fallida de Pedro Sánchez, en agosto cerró un acuerdo con el PP que también se truncó tras la investidura fallida de Mariano Rajoy. Desde entonces, la situación ha vuelto al punto de partida -de hace nueve meses- y a un punto también de no retorno, ya que Ciudadanos no volverá a apoyar “gobiernos e investiduras inviables”. Rajoy se ha quedado solo, y Pedro Sánchez que ayer en Gijón se volvió a postular como presidenciable, ni siquiera cuenta con el respaldo de los diputados de Podemos.

Las apelaciones al diálogo y al entendimiento que hemos escuchado en los últimos días, no sirven para nada si luego no se llevan a efecto. Los vetos mutuos y recíprocos nos han conducido hasta aquí, pero también la vieja y nueva política, que antepone su supervivencia antes que la salvación de un país que se hunde en las miserias de su mezquindad política.

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