20:26. LUNES 21 DE OCTUBRE DE 2019

Los montes de El Franco, abandonados desde el voraz incendio de 2015

Asturias
18 septiembre, 2017
ALEJANDRO CAICOYA

El 19 de diciembre de 2015, el mon­te ardió. El fuego comenzó en Boal, y empujado por los vientos del sur, arrasó El Franco y saltó la autopis­ta, hasta llegar al mar. La chispa que prendió el incendio no fue pro­vocada por un pirónamo, ni por un ganadero, tantas veces acusados de las quemas. Fue una disputa fa­miliar (un problema de herencias y lindes), la que originó las prime­ras llamas. Cuando los bomberos y los vecinos apagaron los rescol­dos, las administraciones repar­tieron ayudas entre los afectados, y prometieron tomar medidas pa­ra evitar nuevas catástrofes, pero más de año y medio después, casi nada ha cambiado. Los pinos que ardieron fueron sustituidos por eucaliptos, y las plantaciones de euca­liptos, por más eucaliptos. Y no hay nuevos cortafuegos, ni depósitos de agua que permitan actuar con ma­yor rapidez.

Cecilia Pérez, alcaldesa de El Franco, recuerda que el Estado y la Dirección General de Vivienda del Principado concedieron ayudas a los afectados para arreglar fin­cas y pajares. Unos repoblaron el monte con el dinero público. Otros no. “Se quemó el 75% de la super­ficie del concejo, y ardieron cinco casas, pero el gobierno no conce­dió ninguna ayuda especial, como las que reparten tras otras catás­trofes, como terremotos”. Como ‘prevención’, el Ayuntamiento ha puesto en marcha dos ‘concentra­ciones parcelarias’, en La Braña y Granda-Marina, y estudia una más, en San Juan de Prendonés. “Agru­pando las parcelas, es más senci­llo el mantenimiento y el control. Se pueden abrir pistas forestales que permiten el acceso en caso de incendio”. Medidas inútiles, según Xaviel González, vecino, veterina­rio y portavoz del grupo ecologis­ta Xeira. “No hicieron nada. Los incendios volverán a repetirse, la única pregunta es cuándo”. Y pa­ra González, el principal, culpable no es el incendiario, sino el cambio climático. En vísperas de las Navi­dades de 2015, todo el Occidente estaba seco. Había muchos ma­torrales, altas temperaturas, poca humedad, y vientos cálidos, del sur. Cuando saltó la primera chis­pa, provocó una ‘tormenta perfecta’ de fuego. “Ya vemos como normal que en pleno diciembre, el monte esté amarillo”. Además, los pinos y eucaliptos de los montes de Boal y El Franco -especies ‘importadas’- arden como teas. Paradójicamen­te, el mismo viento que empujó el fuego, ayudó a contenerlo. “En al­gunas zonas, las llamas pasaron tan rápido que solo afectaron a la vegetación que estaba a un metro del suelo”. Y sopló del sur, hacia el mar, el mejor cortafuegos. “Si lle­ga a soplar de norte, no para hasta León”. Los daños fueron limitados, y no hubo fallecidos ni heridos, pe­ro el riesgo está ahí. “¿Nos olvida­mos ya del incendio de Portugal, con 67 muertos el pasado junio? Aquí la situación era parecida”. Xaviel vivió el fuego de cerca. “Mi madre y mi mujer se quedaron atrapadas en casa, con las llamas a 100 metros”. La Guardia Civil le cerró el paso cuando fue a recoger­las, y tuvo que dar un rodeo por la autopista, hasta Tapia. “Fui uno de los últimos en pasar antes de que cortaran la autopista. No se veían llamas, pero se notaba el calor y la intensa luz naranja. Llovían as­cuas”.

El monte ya no está a salvo de los incendios en ninguna época del año. La falta de lluvias es un caldo de cultivo para los fuegos, capaces de extenderse a la velocidad de la pólvora. Y año y medio después del primer ‘aviso’, nada ha cambia­do en el Occidente. Según los eco­logistas, las alarmas volverán a so­nar. Es solo cuestión de tiempo.

A falta de agua, Purines

Ante grandes fuegos, como el de El Fran­co, los bomberos forestales no dan abas­to. En Viavélez y La Caridad, fueron los ganaderos, con sus cubas, quienes ayu­daron a contener el fuego, protegiendo las casas y las granjas. Cuando se aca­bó el agua, utiliza­ron los purines. ‘Re­garon’ el monte con las aguas residua­les de los establos, mezcladas con ex­crementos y orines. “Nos quejamos de los olores, pero esos purines salvaron vidas”, afirma Xaviel González.

Cada vez quedan menos ganaderías, y el campo está cada vez más abando­nado. No hay vecinos que lo cuiden, y los ayuntamientos no tienen recursos para limpiar el matorral, que prende con faci­lidad. “Como se repitan las condiciones de aquel mes de diciembre, y alguien encienda una cerilla en Taramundi, el fuego llegará hasta Panes”, lamenta Xaviel. Ambas localidades están separa­das por unos 200 kilómetros. Si el fuego puede saltar la Autovía del Cantábrico con la misma facilidad de una carrete­ra comarcal, no es ningún disparate pensar en un si­niestro a gran escala.

Una de las pocas medidas tomadas tras el incendio de 2015, fue ta­lar los árboles más afec­tados (sobre todo pinos e eucaliptos) y apilarlos en los márgenes de las pistas forestales, a pocos pasos del bosque, rodeados de ramas y astillas. Si son al­canzados por las llamas, los troncos de madera seca arderán como piras, y po­siblemente, serán un problema añadido para los bomberos. Una tentación para los pirómanos y un peligro para vecinos y ganaderos.

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