19:38. LUNES 30 DE MARZO DE 2020

LES LUTHIERS- Alegría en guantes de seda

Opinión
23 octubre, 2017
LUIS ARTIGUE

“Todo tiempo pasado fue anterior”, di­cen; “si la montaña viene hacia ti co­rre, es un derrumbe”, dicen también… Si algo he aprendido del extravagan­te y genial grupo cómico argentino de música clásica mezclada con drama­turgia y con humor inteligente Les Lu­thiers es que, como la lucidez más radi­cal, la ironía es una luz que nos ilumina el mundo para hacerlo soportable.

Por eso, por tanto años como han dedicado a enseñarnos desde los esce­narios así, mientras la música tocada con instrumentos informales resue­na en nuestra alma, que la alegría es una de las po­cas cosas con sentido en este encabronado mundo nuestro, me ha emocio­nado tanto la concesión del Premio Prince­sa de Asturias a estos genera­dores de dicha cuya irreveren­cia para con lo clásico no sólo es un modo in­directo y excel­so de homena­je, sino también una manera muy eficaz de muscular la inteligencia del público.

Les Luthiers, cuya trayectoria su­ma cincuenta años sobre los escena­rios con distintas formaciones pero con el mismo espíritu, es una de las presencias más sólidas del humor his­panohablante a nivel mundial, pero su poética dramatúrgica emparentada có­micamente con Woody Allen, Groucho Marx y Gómez de la Serna va más allá del humor para, y eso les honra, dar la vuelta a lo académico al mostrarnos y demostrarnos que la alta cultura pue­de ser pura locura sin dejar de ser sublime….

Como evitar ahora recordar haber visto en directo a Les Luthiers en León y en Madrid.

Y como olvidar a aquel maravillo­so imitador de Les Luthiers que nunca logré entender ni olvidar…

Me refiero a un tristísimo y gra­cioso actor argentino -“no, señores, el dinero no hace la felicidad, la com­pra hecha”- que conocí en una plaza de Mahón, Isla de Menorca, el cual parecía estar revisitando Buenos Ai­res mientras ante los ojos de turistas y curiosos se arreglaba y calzaba sus instrumentos imposibles y partituras locas. Antes del espectáculo callejero conversó conmigo al tiempo que iba preparando sus utensilios sonoros pa­ra un espectáculo de solitaria imitación de Les Luthiers que hacía reír a los tu­ristas -“hay un mundo mejor pero es carísimo”“estudiar es desconfiar de la inteligencia del compañero de al lado”“ningún tonto deja de ser­lo así que no debe de irles tan mal”-, y a mí me ponía triste. Cambio risas por pan, me decía. Supongo que nadie ha­bla más en serio que un actor de grupo cómico que se ha quedado solo.

Él en su país estudió para actor de teatro pero allí, en los tiempos de la corrupción política y el corralito, llegó de forma tan fulminante a la pobreza que derivó en imitador solitario y tro­tamundos de Les Luthiers habitando las calles de países extranjeros y de mundos propios. “Vine con una mu­jer pero se cambió el piso y ya no es­tamos juntos… Hace ya que no sé de ella… No tengo nada pero no me falta de nada”… Lo cierto es que no pare­cía importarle su marginal situación, sino acaso al contrario. Se le veía insó­litamente satisfecho como quien tiene más que suficiente con mantenerse a flote… Quizá en el fondo se trata de no pedirle demasiado a la vida.

En esto pensé mientras él interrum­pió nuestra conversación y se colocó en el centro de la plaza, y comenzó. En­tonces risas, sonidos, danza, mímica, equívocos de vodevil, monólogos tru­fados de gags ingeniosos y la gente que pasa y se para riendo y aplaudiendo como por vez primera… Ese inmigran­te atípico -en otro tiempo actor, ahora sobreviviente- me enseñó sin preten­derlo la dignidad de su oficio pues no hay actores de primera y de segunda antes de la función, igual que no hay ciudadanos de primera y de segunda aunque a veces lo parezca. También en presencia de ese hom­bre aprendí que, más allá de fronteras y países, está la patria común del escenario o la calle y en el escenario de la calle los ac­tores sin gloria siempre deam­bulan condena­dos al exilio ex­terior. Exterior de sí mismos, claro. No sé. A lo mejor todos los artistas sin éxito de este mundo de premios y olvidos son una metáfora de algo y en el fondo de nada, igual que en el cielo de Mahón las nubes se parecen a todas las cosas aunque realmente a ninguna.

“Lo triste no es ir al cementerio sino quedarse”, decían Les Luthiers y repetía él. “Trabajar nunca mató a nadie, pero para qué arriesgarse”, de­cía también… Y mientras actuaba y lo decía con entrega y talento, tras haber­me contado la derrota de su país y su derrota profesional, ese hombre lo con­vertía todo en triunfo tal que si le aca­baran de dar a él el Premio Princesa de Asturias, pero no…

Lo decían quizá en su honor Les Luthiers: “pez que lucha contra la co­rriente, muere electrocutado”.

Enhorabuena por el Premio Prin­cesa de Asturias a ese genial grupo ar­gentino y a sus imitadores.

Viva el fino humor.

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