18:01. LUNES 30 DE MARZO DE 2020

ADAM ZAGAJEWSKI- Las dos mitades

Opinión
23 octubre, 2017
LETICIA SÁNCHEZ

“O se tiene biografía, o se tiene obra. Po­cos son los autores cuya vida y obra des­mentirían este enunciado terrible. Claro que siempre hay una solución para no dejar de lado ni una ni otra: no pretender tenerlas a la vez, aunque se trate de una decisión en la que cabe dudar de la relevancia de la volun­tad. Éste es, con todo, el caso del escritor polaco Adam Zagajewski, cuya vida resultaba mucho más intensa antes de que su obra comenzase a revelarse atemporal y sabia”. Con estas palabras comienza Martín López-Vega el prólogo de ‘Poe­mas escogidos’ (Pre-textos, 2005), y resume esos dos caminos, opuestos y a la vez hermanos, de la poesía y la trayectoria vital de Zagajewski.

Su vida encarna a la perfección el espíritu de la posguerra europea: el exilio, la lucha, la perse­cución. Nació en Ucrania en 1945, se crió en Polo­nia, se refugió en París en los 80. En 2002 volvió a su patria y ahora reside en Cracovia. Una biogra­fía de huida, de rebelión y también de búsqueda. En su juventud gritó contra el comunismo con una poesía airada, y estuvo adscrito a la llamada Ge­neración del 68, formada por autores decididos a comprometerse políticamente en sus obras. Za­gajewski creó dos de los principales lemas de es­te grupo: Powiedz prawde (Di la verdad) y Mow wprost (Habla claro). Porque eso hacía, porque eso exigía. Difundía sus ideas en una revista clandes­tina de la oposición democrática polaca, y com­ponía para contrarrestar la falsedad del lenguaje oficial. Así lo refleja su esclarecedor título ‘Carni­cería’, en el que Zagajewski hablaba alto y claro.

Visto desde fuera, parece que su marcha a Pa­rís marca un antes y un después en Zagajewski (aunque, como él mismo afirmó, “dondequiera que uno corte la vida, siempre la parte en dos mi­tades”). A partir de ese momento, su biografía ca­da vez va a importar menos, y más su obra. Los dos caminos comienzan a distanciarse. Puede que el París de los 80, tan distinto a la Polonia que él conocía, comenzara a cambiarle los ojos, o que claramente llegara a considerarse allí un emigran­te, pues siempre sostuvo que la poesía era cosa de “aquellos desdichados que, con un patrimonio ri­dículo, se balancean al borde del abismo, a caballo entre continentes”. En París comenzó a dejarles de conceder valor a los poemas políticos y com­prendió que la poesía estaba en otra parte, más allá de las inmediatas luchas partidistas, e incluso más allá de la rebelión contra la tiranía. “Me hizo cambiar el sentimiento de que hay algo universal en la poesía, y que dedicarse sólo a asuntos muy locales supone una especie de castración para un escritor”.

Comenzó así una poesía en pos de la búsqueda de la belleza y la libertad, de gran hondura huma­na y fina sensibilidad estética. Amante de la obra de Machado y la música de Bach, escribía sobre la noche, el tiempo, el silencio y la muerte. Tam­bién del cuidado por la imagen lírica y la vivencia íntima del tiempo. Parecía que, efectivamente, su vida y su obra se habían partido en dos mitades. Pero, como decíamos, estos caminos seguían sien­do hermanos, porque en sus poemas se refleja el quebranto del exilio, su relación con las ciudades y la historia, la literatura, el arte, la música. “Volví a la ciudad / donde fui niño / y adolescente y un viejo de treinta años. / La ciudad me recibió con indiferencia, /los megáfonos de sus calles murmu­raban: / ¿no ves que el fuego todavía arde?, / ¿no oyes el estrépito de las llamas? / Vete. / Busca en otro lugar. /Busca. /Busca la verdadera patria”, di­ce Zagajewski en su poema ‘Busca’.

La obra en prosa de Zagajewski incluye un par de novelas y varios ensayos que complementan su obra poética, como ‘En la belleza ajena’ (Pre-textos, 2004), un genial libro a medio camino entre el dia­rio y la memoria. La poesía de Zagajewski envuel­ve lo desconocido en lo conocido; es la búsqueda de sentido a las señales que nos ofrece lo cotidia­no. Como escribió en ‘Autorretrato’: “No soy hijo de la mar, / como escribió Antonio Machado, / sino del aire, la menta y el violonchelo, /y no todos los caminos del alto mundo / se cruzan con los sen­deros de la vida que, de momento, / a mí me per­tenece”.

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