13:51. DOMINGO 21 DE OCTUBRE DE 2018

“¿Jubilarme? Ni hablar”

Entrevistas
16 mayo, 2018

Si fuera por Fina, la Seguridad Social no tendría ningún agujero. A sus 89 años (cumplidos en enero) sigue al pie (aunque algo encorvada) del mostrador de su tienda de ultramarinos en la calle Mon, y no piensa en jubilarse. Vestida con su eterna bata verde y sus zapatillas, ha visto pasar la vida por delante de su tienda, como cronista y ‘vigía’ de un Oviedo Antiguo que no se parece en nada al que conoció siendo apenas una niña.

Fina llegó a Oviedo en plena posguerra (1943), dejando atrás Grado, el pueblo de su madre, dónde nació y se crió hasta que cumplió los 14 años. Sus padres la matricularon en el Liceo Asturiano, “un colegio de renombre”, dirigido por sacerdotes y que estaba en la calle Mon. En sus ratos libres, comenzó a hacer los recados y a repartir los pedidos de la tienda, fundada por su abuelo, Sabiniano Clemente, un emigrante de San Millán de los Caballeros (León). Por entonces vendían piñas para encender el fuego, arena a granel para limpiar las cocinas, semillas, almendras, jabón Chimbo y lejía Conejo… Con el tiempo, heredó la tienda, junto a su hermana Elvira; se casó con Mario, un trabajador de la Fábrica de Armas; y tuvo 3 hijas (la mayor, Maria Teresa, murió cuando tenía 25 años). Nunca dejó de hacer las cuentas de los pedidos, los albaranes, ni de saludar a los vecinos de un barrio que, poco a poco, se ha ido apagando. Viuda desde hace 37 años, Fina se refugió en el trabajo como antídoto contra la soledad. Y con el tiempo se ha convertido en un reclamo más de las rutas turísticas de Oviedo, recibiendo cada día a los grupos de visitantes que se paran delante del escaparate de la tienda más antigua de Oviedo, donde Fina ha colgado una fotocopia del contrato de alquiler de la tienda firmado por su abuelo en 1904 (las hermanas Clemente compraron el edificio en los años 70). También ganó algún dinero alquilando un estudio al pintor Jaime Herrero, y aunque podría disfrutar tranquilamente de una apacible jubilación, se niega a dejar la tienda. Solo se permite algún fin de semana de descanso en León, con la familia, y lleva una vida espartana. De casa a la tienda , y de la tienda a casa (vive enfrente): once horas de trabajo al día, menos los domingos, cuando acude a misa a San Tirso. Un horario que pondría los pelos de punta a cualquier sindicalista que no conozca a Fina, la incansable trabajadora de la calle Mon.

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