08:21. MIéRCOLES 24 DE ABRIL DE 2019

Honestas imposturas

Opinión
8 abril, 2011

Javier Almuzara.

Cuando al final de su vida vio decaer progresivamente la afluencia de público, Handel se consolaba pensando que la música sonaría mejor. El fracaso de Teodora, su oratorio favorito, le hizo desdeñar definitivamente el juicio de su tiempo mientras apelaba en última instancia al tribunal de la posteridad. ¿Supo entonces que el tiempo iba a llenar los teatros con los mismos programas y audiencias más agradecidas, que ya había cumplido con el destino de no perderse en el silencio? Debió intuir el ocaso de un estilo en el desafecto a la ópera seria que tanto amaba; un estilo que él mismo había ayudado a encumbrar. Imagino la desazón ante una vida frustrada apostando a caballo perdedor. Pero no hay derrota cuando la causa es noble y la entrega absoluta. Bernard Shaw sostenía que el estilo de Handel consiste en la fuerza afirmativa, en la convicción convincente. Se puede despreciar a Handel, pero no contradecirle. Es más probable que el genio testarudo se hiciera eco en vida del aplauso de la posteridad a que asumiera el fracaso de sus últimos proyectos como un anticipo del ostracismo póstumo. Lejos del ruido y la furia de las mezquinas polémicas de antaño, su obra sigue sonando a gloria.
Seguro de su talento desde el principio, Handel nunca incurrió en las poses con las que disimulan la ausencia de estilo los jóvenes, pero fue naturalizando la expresión a partir de sus impetuosos comienzos. Los tensos cromatismos de las cantatas italianas aparecen juiciosamente dosificados en las obras de madurez, y el fraseo melódico se hizo progresivamente menos divagatorio. Las grandes conquistas de la experiencia son la claridad, la fluidez y la simplicidad; es decir, la naturalidad. Handel pulió el lenguaje barroco utilizando las mismas herramientas de su artificio para eliminar todo vestigio de impostura. Lo dejó transparente, como si no se interpusiera con las emociones que cantaba. Un anónimo epitafio publicado en el Universal Chronicle el 21 de abril de 1759 celebraba aquel talento capaz de crear “un lenguaje sentimental, más que simples sonidos, que superaba la fuerza de las palabras para expresar las distintas pasiones del corazón humano”. Y no hay ninguna que no pueda cantar la música, como recuerda la Oda a Santa Cecilia, de John Dryden, a cuyas palabras dio pleno sentido la obra maestra de Handel.
Pienso ahora en la sencillez desarmante de Falsa imagine (Ottone) o Verdi prati (Alcina). Ninguno de los cantantes que estrenaron ambas arias se mostró halagado por la oportunidad. Eran demasiado fáciles para lucir sus habilidades vocales. Sobre el papel solo brillaba el compositor, y no los que ocasionalmente interpretaban sus papeles. En el primer caso, el enfrentamiento con Francesca Cuzzoni llegó a las manos, hasta el extremo de que Handel la levantó por la cintura amenazando con defenestrarla si se negaba a cantar su aria de entrada: “Sé bien que sois una auténtica diablesa, pero yo soy Belcebú, el jefe de los diablos”. El compositor estaba afirmando la verdadera jerarquía que el estatus social y el caché artístico habían subvertido. Cabe interpretar el mismo texto del aria como un reproche al coruscante espejo de la vanidad teatral. Handel hace añicos esa falsa imagen que seducía al público con su afectado atractivo. El despojamiento vocal y la desnudez instrumental dejan intacta la belleza de una melodía honestamente arrebatadora.
Otra anécdota, recogida por Charles Burney, resulta muy ilustrativa del rechazo de Handel hacia los excesos ornamentales: “El violinista Dubourg, que tenía un solo con final señalado ad libitum, estuvo vagando por diferentes tonalidades largo rato, y en verdad parecía desconcertado e inseguro de su pasaje, pero al llegar al trino con que se cerraba el prolongado final, Handel aplaudió efusivamente y, para el recreo de la audiencia, gritó a fin de hacerse oír en las partes más alejadas del teatro: ¡Bienvenido a casa, Mr. Dubourg!”
No puedo juzgar con severidad aquellos excesos, que amo tanto como el higiénico desmentido handeliano. Sé que Porpora –por citar al rival más enconado de Handel y el ejemplo más significativo de la ‘mirabilia’ barroca–, debía servir a unas voces que él mismo había educado y visto crecer. Su música sublime es un homenaje a aquellas prodigiosas gargantas cuya habilidad iba exigiendo retos progresivamente más inmoderados. La orquesta del maestro de canto de Farinelli está ‘contaminada’ de vocalitá. Los trinos de las cuerdas remedan unas cuerdas vocales capaces de trinar con ornitológica facundia.
Tal vez una nostalgia por el fracaso de ese mundo abigarrado pueda oírse entre las melancolías de Verdi prati. Ruggiero lamenta la desaparición del falso paraíso que la maga Alcina ha construido en su isla con esplendor de trampantojo. ¿Acaso el propio Handel hubiese querido seguir creyendo en la magia imposible de aquellas desmesuras?
¿Y por qué no invertir la carga de verosimilitud? El barroco es prodigio porque la vida es asombro. En sus ‘Razones de Ariosto’, Antonio Cáceres retrata razonablemente al cantor que le regaló a Handel la paranoia de Orlando, el extravío de Ruggiero y el delirio de Ariodante: “De dónde, Ludovico, de qué espacio; / de qué tiempo, locura, mundo oculto, / ha nacido a tu antojo este universo / imposible y hermoso, verosímil / porque es tu vida lo que en él respira…”
Handel contribuyó gozosamente al sublime desvarío con arias como Tornami a vagghegiar –algo así como “Tócala otra vez, Sam”–, que Sandrine Piau servirá en la bandeja de plata de su voz este fin de semana. Quien se acerque a Zamora para escuchar el concierto en el Festival del Pórtico de Semana Santa revivirá todos los afectos barrocos, y con ellos las emociones sin fecha de caducidad que siguen diciendo íntimas y sobrias verdades con público y notorio artificio.

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