11:21. SáBADO 21 DE SEPTIEMBRE DE 2019

Asturias en serio

Opinión
28 febrero, 2011

Gonzalo Olmos

A medida que se acerca la fecha de la convocatoria electoral y la dinámica de precampaña se acentúa, más valor cobra uno de los lemas que utiliza el candidato del PSOE a la Presidencia del Principado de Asturias, y que es el que da título a estas líneas. El acierto de la fórmula viene dado, principalmente, por dos motivos. Por un lado, porque destaca una cualidad legítimamente atribuida a Javier Fernández, reconocida sin excepciones, que en estas circunstancias resulta especialmente pertinente; cuando los poderes públicos deben desenvolverse en un contexto de dificultades, lo primero que se reclama en su actuación es firmeza, solvencia y rigor, sobre todo cuando el objetivo al que, siendo realistas, puede aspirarse en este momento, es a evitar que los vendavales de la crisis y las acometidas de las corrientes económicas dominantes se lleven por delante un sistema de servicios públicos y protección social que en nuestra Comunidad Autónoma es más que digno. Por otro lado, la inevitable comparación entre las alternativas electorales más destacadas, al analizar nombres, actitudes y programas, resalta las diferencias entre las opciones en liza, y, frente al descalabro interno de la derecha, incapaz de pensar en algo más que su guerra de guerrillas interna y en sus disputas personalistas, sobresale la sensatez del candidato socialista.

Precisamente, estos días hemos podido comprobar como el PP se desliza por la pendiente de la banalidad que pretenden imprimir a su campaña. Y lo sorprendente es que, a golpe de bailecito y karaoke, pretenden teorizar sobre las nuevas formas de conectar con la población, como si detrás de la frivolidad latiese alguna clase de consistencia y, peor aún, como si la ciudadanía se fuese a dar por satisfecha con esa torpe confusión entre modernidad y superficialidad. En una época de escepticismo hacia la acción política, a algunos les interesa convertir el debate de ideas y la contraposición de intereses en una competición de vulgaridad, efectismo y simplificaciones. La estrategia no es inocua, porque, dirigida a un auditorio cansado del protagonismo de representantes públicos enfrascados en su propia dinámica, intenta aumentar la reticencia hacia las formas de participación política de la que, a la postre, disponen los ciudadanos, pretendiendo cambiárselas por un ticket para un espectáculo, muchas veces más bochornoso que otra cosa (basta recordar las singulares campañas electorales de Gabino de Lorenzo, al que ya pocos ríen las gracias). Precisamente eso –el triunfo de la antipolítica- es lo que desean los que reducen la condición de ciudadanía a la de consumidor de productos, en este caso etiquetados con la sonrojante y falaz marca de ‘política pop’.

Los estilos políticos, en definitiva, también deben contar a la hora de decidir entre las opciones que se postulan para representar a los asturianos. No para dejarnos llevar por los embelecos de la falsa proximidad y la artificiosa jovialidad ante la cámara, ni por los llamamientos apocalípticos y redentores de algunos outsiders, sino para analizar, con un mínimo de profundidad, con qué disposición y bagaje ejercería cada uno el mandato al que aspira. Por supuesto, la mesura no es incompatible, ni mucho menos, con la cercanía, la capacidad para situarse a pie de calle, la superación de innecesarias solemnidades, o, por utilizar un término clásico, con la ‘alegría revolucionaria’. Pero, como seguramente constatan la gran mayoría de los asturianos, lo que sí es imposible de conciliar es la elemental actitud moral e intelectual que se espera de un Presidente con las veleidades, entre mesiánicas y ocurrentes, que pueblan las candidaturas de las derechas.

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