02:36. MIéRCOLES 26 DE FEBRERO DE 2020

Ella es un monstruo y atemoriza

Opinión
28 abril, 2011

Por DIEGO MEDRANO
Hiperliteraria, andrógina o bisexual, aromada de tabaco malo y güisqui barato, con una greca en blanco los últimos años, sí, cuando le dieron el Príncipe de Asturias, que la hacía algo vampírica, gótica o terrorífica. Recomiendo –no ya sólo para el especialista en literatura, sino para cualquiera que busque una aproximación a la Cultura, con mayúsculas- la edición de los primeros diarios de Susan Sontag (de los 14 a los 31 años) preparada por su hijo: “Renacida” (Mondadori). Los años de formación; el dinero o calderilla, que se pule en libros, entradas de cine (hasta 4 películas ve en un día), museos, todo el amplio abanico del arte por encima de la vida. La indigencia de los alimentos: una sopa de sobre, una lata de sardinas, cuando el hambre acecha. Sus tendencias homosexuales, el deseo repentino de tener un hijo, más libros; una escritura, aparentemente en voz baja, por debajo de todo clásico que se le pusiera por delante. Los tiempos de Berkeley, Universidad de California, vida de campus, la lista de libros que se impone como gimnasia, las reflexiones sueltas que va hilvanando en futuros ensayos, el vagabundaje, la locura, el güisqui a sorbos. Su matrimonio con un jovencísimo profesor de Sociología (Philip Rieff) y todo lo que opina del mismo, a nivel teórico: “El matrimonio merma la personalidad porque la somete a un interés superior, acumulándose, sin embargo, el resentimiento”. Todo Sontag es eso: la vida leída, el universo de un lector, humus de biblioteca húmeda, ausencia de maquillaje y depilación, monstruo al fondo del pasillo siempre vestida de negro, amiga de las capas y los jerséis-cisne hasta la barbilla. Entusiasma Sontag. Acribilla Sontag. Es un Borges mucho más gozador, atrevido, lívido y hechizante. Casi un conjuro su nombre en voz alta como única hada: “Susan Sontag”. A pesar del bigote o los lamparones.

VERONAL, COCAÍNA, DELIRIO

Hugo Mújica estudia a Georg Trakl como buen, estupendo cirujano: “La pasión según Georg Trakl” (Trotta). ¿Qué fue Trakl? Veronal a raudales (un poco, sí, como Marilyn), tiempos sombríos de guerra en Austria, sensación de caída, expiación de la culpa, análisis de la pérdida. Crisis tras crisis y, en mitad de todas ellas, inestabilidad emocional, bandazos, torturas cotidianas, su mala conciencia de burgués (a lo Gil de Biedma) que le lleva al extremo, el mal depresivo, los lobos debajo de la cama, la luna entera a cucharadas o como plato único a las cuatro de la madrugada. Lo dice Jaime Siles de un modo ejemplar: “Lo que la poesía de Trakl nos transmite es una visión de la vida como ausencia que, a diferencia de la de Hölderlin, no tiene un cielo al que llegar ni tampoco un suelo al que caer”. Su credo es escueto, en esa licuescencia de sufrir escribiendo o al revés: “Morar en el azul intenso de la noche”; “Buscar lo real en lo imposible mismo”. Y al final, o al sesgo, Dios mismo, la explicación total o máxima, lo que el propio Trakl toma de Rilke (“La poesía como objeto de la existencia divina”) y su gran fallo, el ocaso a partir del cual el barco comienza a naufragar: un tono moral que es ya eso, mucha más ética o moral que estética. Dios salva y el amor redime. Las antípodas de Rimbaud. Seguir en la farmacia, donde, durante un tiempo, se ganó la vida, leyendo los “Salmos” a escondidas, entre chute y chute por la napia.

ORGÍAS DEL RESENTIDO

Hace unos cuatro o cinco años, bien lo recuerdo, todo el mundo andaba por ahí con los tomitos o las novelitas de John Fante en Anagrama (“Pregúntale al polvo”, etc). Fante, sí, parecía ser el maestro de Bukowski, otro tratamiento del sexo, el alcoholismo, etcétera. Pues bien, el hijo de John, Dan Fante, publica su exorcismo mayor contra el padre, su debut literario, el clásico aullido del resentido que parece multiplicar y ampliar la línea abierta por papi: “Chump Change” (Sajalín Editores).Tiene muy presente a Somerset Maugham y el consejo que un día éste le dio: “Si quieres exorcizar un demonio, escribe sobre ello”. A partir de ahí todo: orgías homosexuales, obscenidad y diversión, alcoholismo, canción de “outsider”, la poesía del inadaptado, el lado más salvaje del arroyo, borracheras, tentativas de suicidio, enfermedades mentales y psiquiátricos con olor a cebolla, el odio hacia la mujer o compañera, Jack Daniels y somníferos o antipsicóticos, el colocón sin dinero alguno, la orfandad y su abatimiento, las noches en moteles de tercera que no paga, el sexo con tartamudas y menores, etcétera. Ha dicho Dan Fante en la presentación de su novela una cosita muy graciosa: “Envié Chump Change al menos a 40 editoriales americanas. A ninguna le importó una mierda. Pero los franceses lo publicaron inmediatamente”. Tan oscuro como sucio –como dijo el “The New York Times”- y siempre así, ya digo, un poco de la cintura para abajo, muy parisino… “Chump Change” es una expresión en argot inglés, cuyos tres significados no pueden ser más cotidianos: 1. Calderilla 2. Algo de poco o ningún valor 3. Persona que no consigue un trabajo o que cobra un salario irrisorio. La dedicatoria: “Para Freddie Fumachinos y Dave El Licores”, entre otros muchos.

EL JOVEN CALVINO

Publica Siruela las correspondencia del joven Italo Calino. Sus misivas a Umberto Eco, Primo Levi, Natalia Ginzburg, Pavese, etcétera. Un joven estudiante de Agronomía (carrera que no tarda en abandonar), que quiere ser solamente eso: un lector exigente, un escritor a ratos, un teórico casi matemático, cartas cerebrales mucho antes que pasionales, ajeno al halago o su pomada, es un científico que quiere hacer literatura, nada de romanticismo ni de vena más o menos dísloca o disipada. El Calvino que cambia de facultad, inicia los estudios de su posterior licenciatura en Letras, a la que sigue su tesis sobre Conrad. Me aburre Calvino, esa es la realidad: está bien que nos hable de sus teorías con el lenguaje como si fuera el juego del “Tetris” o la construcción de un puente, pero creo, opino, debería haber seguido su formación en Ciencias, todo esto le pilla muy lejos. Hay algo de escritura de compás y cartabón, de arquitectura o ingeniería de no sé qué, de poliedro helado, de geometría de la nada, en sus teorías y escasez de arrebatos. Calvino huele a eso, lo que quería ser: agronomía y, tal vez, una paja/masturbación en pleno campo. Ni quisiera, cuando militó en el Partido Comunista, invitó o se acercó a los pintores de aquel entonces, todos tan graciosos con bonete y el aura de tasca barata como el mejor ruedo. Luego -como suele pasar con todos estos…- le saldría la bohemia a los sesenta, cuando ya se le había pasado el arroz y aquel grupo suyo –OULIPO- pecaba de catequesis o juego de parchís entre ancianos.

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