16:24. DOMINGO 15 DE SEPTIEMBRE DE 2019

Por todo lo alto

Opinión
29 abril, 2011

Por JAVIER ALMUZARA
Siempre quise volver a Londres. Mi recuerdo adolescente había mitificado una ciudad en cuyo dédalo me enredé con el hilo de una conversación inagotable. Era el paraíso perdido de la perdida adolescencia. Era “Sonia en el laberinto londinense / que hoy me vuelve a cercar, en el que he entrado / –esta vez solo– por la puerta falsa / de la nostalgia, / y que no es más que otra / galería de ese otro laberinto / donde perdido busco / un rumbo que no encuentre la salida”. Londres era un escenario, el Globe para el que un Shakespeare bienhumorado escribió al desgaire un papel menor que no llegué a incorporar creíblemente. Londres era un mito, y sin embargo me había quedado corto.

Volver es no haber marchado y recuperar el hábito de la excepcionalidad. Verlo todo de nuevo es mirar por primera vez con familiar asombro. Regreso a Westminster para presentar mis respetos a la única jerarquía ante cuya dignidad me inclino, pero los fastos temporales me prohíben visitar a Handel y Purcell, que no pueden morir, que no han muerto. Un interminable volteo de campanas celebra por todo lo alto la onomástica de la reina, que asiste a los oficios en la abadía. Recuerdo las jubilosas odas de Purcell para los cumpleaños de la reina Mary, amor imposible que se hizo inmortal cuando a la muerte prematura de ella él convirtió su dolor en música. El sufrimiento de la vida es el precio. Crea a cambio algo hermoso y habrá merecido la pena pagarlo. Como dijo Víctor Botas que había dicho Tu-Fu: “haz / de tu tristeza un lento, / solemne buque / solitario / y ponlo a navegar / –luminoso y distante– / en la noche impasible de los tiempos”. En la National Portrait Gallery los retratos de Purcell y Mary están juntos, intimando en una esquina como amantes postergados que, a salvo de su tiempo, tienen todo el tiempo del mundo. Ambos vivieron poco más de treinta años, pero si vino a unirles la muerte llegó tarde para ser útil, y si vino a separarlos, los destruyó inútilmente.

Muy cerca de ellos, un Handel descomunal, “larger than life”, me mira orgulloso desde el retrato de Hudson. Tiene frente a él la partitura del Mesías y parece un monarca en su trono. El de Isabel II superará pronto al de la reina Victoria como el reinado más largo en la historia de Inglaterra, pero el de Handel en la historia de la música no tendrá fin. Un aria de Semele “Where’er you walk”, interpretada por Anne Sophie von Otter en el Wigmore Hall, me recuerda que vaya donde vaya me acompañará siempre esa belleza emocionada. Sigo los pasos del maestro hasta su casa museo, donde lo observo todo con devoto asombro –incluido el espurio mobiliario–. Aquí Handel, uno de los nombres más familiares de la felicidad, creó una música que no es de este mundo y hace de este mundo un lugar más habitable.

También me abre sus puertas Dickens, grato fantasma de navidades pasadas que seguirá apareciéndoseme en futuras lecturas; y en su última residencia de San Pablo, me encuentro con John Donne, que cantó la firmeza del amor inconstante antes de entregarse al capricho del amor eterno: “todas las cosas corren a su ruina. / Nuestro amor no conoce decadencia. / Sin ayer, sin mañana, hace su curso / sin alejarse nunca de nosotros. Seguro / en su primer, postrero, eterno día”. Quien escribió memorablemente que “el misterio de amor crece en el alma / pero el cuerpo es el libro en que se lee”, quien creyó en la muerte de la muerte, se hizo inmortalizar con el sudario, amortajado vivo. Las momias egipcias del British Museum prolongan el horror de su lenta agonía en un gesto crispado como un castigo insano por la ambición de perpetuarse. Sin cambio no hay continuidad. O la metamorfosis en las obras, o la fosa con las sobras. Curioseo entre las mutiladas figuras del friso de Fidias. Los ingleses las distrajeron del Partenón y el pirata del tiempo, ese corsario con bandera de conveniencia al servicio del arte, les robó su divino esplendor para dejarles su marchita humanidad. La idea me resulta emocionante, y aún más darle la vuelta –“aforismo de mi gusto, / que al revés quede más justo”–. Recuerdo ahora el monumento en recuerdo de los “Few” (nunca tantos debieron a tan pocos) en cuyo friso Paul Day puso su arte al servicio de la marchita humanidad. El tiempo sancionará su merecido esplendor.

Salvo por algunas cicatrices, las ciudades terminan resultando irreconocibles, porque mudan la piel muerta del pasado; a veces traumáticamente. Londres ardió casi por completo en 1666. Como es sabido, los desastres humanitarios son oportunidades urbanísticas. El singular beneficiario de la plural tragedia fue el arquitecto Christopher Wren. Creador del particular barroco londinense, suya es la Catedral de San Pablo –el verdadero ave fénix de aquella deflagración–. Y fue el primero que vivió lo suficiente para ver acabada la basílica que había diseñado. En la cripta, una críptica leyenda recuerda su obra: “Si buscas mi epitafio, mira a tu alrededor”. En uno de sus tímpanos puedo leer “resurgam”, orgulloso lema para una ciudad que se alzaba de sus cenizas apenas medio siglo después de la tragedia. Y lo hacía más esbelta y diáfana que nunca, más alta, encaramada a los cien metros de la cúpula exterior de San Pablo. Subo los quinientos escalones que llevan a la Galería Dorada desde donde la inmensa ciudad se muestra a escala humana, abarcable. Hago el gesto instintivo de abrazarla y recorro los hitos que aún me aguardan allá abajo. Busco la imagen emblemática de la aguja de Cleopatra entrando en el Ojo de Londres para hilvanar el prodigioso paisaje, y luego me dejo fascinar por el confuso encanto de la abigarrada topografía urbana, por la transparente sencillez de la arquitectura contemporánea, que recuerda la belleza de la utilidad, y por la fantasía de la arquitectura de otro tiempo, que recuerda la utilidad de la belleza en cualquier tiempo.

Comparte:
  • Print
  • Add to favorites
  • RSS
  • Digg
  • Facebook
  • Google Bookmarks
  • Bitacoras.com
  • email
  • Live
  • MySpace
  • Netvibes
  • Technorati
  • Twitter