10:36. JUEVES 17 DE ENERO DE 2019

Quino (en el recuerdo)

Opinión
3 marzo, 2011

Diego Medrano

Me regalan una foto de Quino, creador de Mafalda, en un figón madrileño degustando un cocido. Desconchados, gambas por el suelo, vino malo, paredes desnudas, cucharones y cazuelas de madera y barro, una maravilla. Quino es un gran defensor de las megalópolis: vive a caballo entre París, Madrid, Buenos Aires, etcétera. Es uno de esos pesimistas que cambian el mundo; suele decir: “Al mundo sólo lo cambian los pesimistas, porque los optimistas se piensan que ya cambiará él solo”. Quino es un geómetra de melenota al viento, la ternura de los miopes, jersey-cisne hasta la barbilla, dedos ágiles, delgadez de cocido, ya digo. Su poética, la misma que la de la Platón, pura y densa geometría: “Concebí a mis personajes de manera geométrica. Mafalda era un círculo; Manolito, un cuadrado; Felipe, un triángulo; Susanita, un óvalo… Es una buena manera de conseguir que la gente reconozca a sus héroes de forma intuitiva”. Quino deja de hacer Mafalda en el año 73, y todavía hoy, arrasa en las ferias de libros, nostálgicos que aparecen de todos los puntos de país para que les firme el cómic. Mafalda, de igual modo, si nos fijamos bien, tiene mucha matemática detrás, él mismo lo explicaba recientemente: “Los niños quieren que sus padres les expliquen la lógica del mundo, pero, por desgracia, los adultos no tenemos respuestas para todo. Nadie las tiene. ¿Qué puede pensar un niño al que se le educa para que sea bueno, no mienta y no se pelee al descubrir que todos los mayores lo hacen sin parar? Ésa es la esencia de Mafalda”. Hay todo un humorismo de figón, de bar barato y muchas ideas, de libretón de los chinos sobre mesa tatuada de deseos, que en España compuso la llamada otra o segunda Generación del 27 y que todavía no se ha estudiado como debiera: Mihura, Jardiel Poncela, Fernández Flórez, Camba, Álvaro de Laiglesia, Neville, Tono, etc. Quino, a su manera, a su aire, viene de ahí. Quino es un apodo o diminutivo que lo tiene todo de prosódico, hechicero, puro imán. Dice el cantante Sting en alguna parte: “Los padres nos ponen un nombre, pero no tienen ni idea de quiénes somos en realidad. Los amigos nos ponen un apodo porque saben exactamente cómo somos”. Quino es de la “Generación Índice” (la del la pregunta, la de la duda, la de la impertinencia…) cuando ahora todos los adolescentes son de la “Generación Pulgar”; lo explica muy bien el arquitecto industrial y gurú del diseño Ron Arad: “La firma de perfumes Kenzo me dio la oportunidad de diseñar la primera botella para la Generación Pulgar. La gente joven usa el dedo pulgar más que el anular debido a los controles de los videojuegos y los móviles. Todos los frascos de perfumes anteriores –ya tuvieran un diseño bonito o feo- tenían el pulsador en la parte superior. Este frasco se acopla a la mano; y su pulsador está donde debe ir, tiene que ser presionado con el pulgar”. Quino es de una generación que presionaba con otra cosa porque se lo jugaba todo en la misma puesta. Como dice el cocinero Abraham García –dueño del restaurante Viridiana en Madrid- en un libro: “Uno es de donde se hace la primera paja”. Mágica reconversión de aquello que decía el clásico: “Cada uno del sitio donde hizo el bachiller”.

LA SOLTERÍA COMO DEMONOLOGÍA

He regalado mucho esta última temporada la estupenda novela de Josep Lobató: “Solteros y demonios” (Ediciones B). Una buena ducha de agua fría contra todos los mitos de la pareja: si el noventa por ciento de los solteros son infelices o no, si existe el miedo a quedarse solo, si el reloj biológico tal y cual, si eres más creativo en pareja que soltero, si siete de cada diez españoles prefieren el fútbol al sexo, si los casados son o no más sanos que los solteros (menos farras, menos alcohol, etc), si los casados son los que menos fornican, etcétera. Yo disfruto mi soledad elegida como una panacea total. Vivo en un céntrico piso de noventa metros, solito como un pato y encantado de la vida. Noto que mis amigos no me lo perdonan, mi sociedad no me lo perdonan, mis padres no me lo perdonan y todo el mundo, de un modo u otro, me mira con cara de tú eres un hedonista, un juergas, un egoísta, etc. Vayamos a Europa: el cuarenta por ciento de los europeos ve con malos ojos que alguien con ventipocos años se case y procree. Tal y como están las cosas, no dejo de preguntarme: ¿qué necesidad hay de firmar papeles? Lo ha dicho el modisto Karl Lagerfeld cuando se le ha preguntado por el máximo lujo actual: “Sin lugar a dudas, la soledad elegida”. Josep Lobató, locutor de programas sentimentales durante un tiempo, tiene un diagnóstico preciso y precioso de la enfermedad: “Todo el mundo quiere acabar en pareja. Creo que es erróneo, insano. Es un cliché –añade-. Mucha gente quiere vivir el sueño americano y no puede”.

TRILOGÍA “CANO”

Nacho Cano prepara una trilogía musical. Tres discos cuyos nombres son tres letras, poderosamente orientales: A (Agua), V (Volcán) y C (Cosmos). Nacho Cano se embriaga de té verde, nueces, espiritualidad, cojines en el suelo, camas que son tablas de madera y, tras estancias diversas en Silos y otros monasterios, pretende lo máximo, una reflexión sobre la vida y el proceso creativo. Se ha curado de éxito de la mejor forma posible, desnudándose: “Con los nervios tienes tres opciones. Puedes sublimarlos, quemarlos o que te maten. Los artistas los subliman, los atletas los queman y las pastillas te matan”. Un día el cantante Nick Cave le preguntó a alguien sobre qué escribir, el gurú no pudo ser más contundente: “Sobre el amor y sobre Dios”. Nacho Cano –asedios varios de por medio- se ha convertido en un creador de infusiones, muchos dátiles, nueces, inspiraciones hondas y duchas frías. Decía Roman Polanski: “No soy masoquista, pero siempre me ducho con agua fría por la mañana. Es una buena forma de empezar el día. Después de eso, nada puede parecerte tan horrible”. Este tipo de arte, el que da respuestas, el que cuenta de qué coño va esto de la vida, el que aparentemente habla en voz baja pero con voz iridiada de espantos, merece capítulo aparte. Una de las anotaciones más misteriosas de Salinger es la que realiza en un avión, al ver a una niña, apenas en una servilleta o papelito por el estilo, y que luego coloca al frente de uno de sus mejores relatos: “La niñita del avión/ que volvió la cabeza de su muñeca/ para que me mirase”. La vida es esto: el pensamiento que no teme hablar en voz alta. El coraje de quien no tira su vida por el retrete, ni teme contarlo.

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