10:41. JUEVES 17 DE ENERO DE 2019

¿Tú de qué vas?

Opinión
4 marzo, 2011

Javier Almuzara

Estos días hablábamos del noble artificio literario, de la utilidad y autenticidad de la máscara verbal, del sacramento poético y sus rutinas mitificadoras. Lector, yo no soy digno de que entres en mis textos, pero una sola acción tuya bastará para justificarlos; porque no habré levantado un falso testimonio si pones mis palabras en tu boca. Como dijo José Emilio Pacheco contra los recitales, el sentido de la poesía radica en “hacer que mis palabras sean tu voz / por un instante al menos”. No es su única razón de ser, pero es razonable subrayarlo, porque recuerda y concede que el destinatario tiene siempre la última palabra y no actúa solo de oído.

La máscara en el teatro griego servía tanto para ocultar la identidad del actor y evidenciar sus pretendidas emociones como para proyectar la voz hasta el último espectador, proporcionándole además cierta ‘caverna’ que sublimaba su discurso. Mi fingimiento y tu versión de los hechos crean una solución de verdad, un decir pactado que refrenda y justifica el vínculo comunicativo. Saber quiénes son realmente los protagonistas de ese intercambio es otro cantar.

La etimología griega de ‘persona’ nos remite a máscara. Somos la máscara en persona. El hábito de fingir lo que somos se ha ido confundiendo con los pliegues naturales del gesto para dibujar la imagen de nuestra cara. Pero en ese infinito despliegue de expresiones triviales no radica la inefable identidad; como tampoco en la meticulosa especulación borgiana del hombre que se propone la tarea de dibujar el mundo y, “poco antes de morir, descubre que ese paciente laberinto de líneas traza la imagen de su cara”. No sería demasiado cabal que esa inconcebible concatenación nos resumiera eludiendo otras íntimas cartografías.

Pero si nuestra cara es una careta, sencillamente se trataría de un rasgo identitario de orden menor; tal vez un velo preciso, un embozo elusivo que nos veda la contemplación directa, protegiéndonos del enfrentamiento con nuestra verdadera naturaleza. Si a veces “ponemos dulces máscaras a aquellos / que están en nuestras vidas / para seguir queriéndolos” –como dijo Víctor Botas en un poema de inexcusable referencia–, el engaño comienza por uno mismo, porque del mismo modo es caridad bien entendida. ¿Quién puede echarse a la cara “ese maldito yo”, que diría Emile Cioran?

Recientemente me lo echó en cara un individuo destemplado por cierto distraído pisotón. Su demanda, tan oportuna como mal formulada, me dio la clave: “¿Tú de qué vas?” Estaba claro que no se refería al próximo carnaval, pero era una tosca invitación a preguntarme por otro disfraz, el que llevo puesto a diario, el de mi nombre y sus múltiples agregados. “Qué raro que me llame Federico”, decía Lorca ante la primera máscara de su presunta identidad.

Jugamos a no ser lo que somos para huir de lo que no sabemos; porque resultaría demasiado inocente el juego de encarnar otra identidad si implicase la confortable certidumbre de saber quiénes somos, o incluso la ingenua voluntad de aparentar lo que quisiéramos ser. La máscara carnavalesca es una mascarilla de oxígeno contra el enrarecido aire que nos damos todos los días; o bien una alternativa desustanciada al tapujo habitual, una emboscada menor contra el orden establecido que rehúye el enfrentamiento cara a cara con el rostro verdadero del poder. Y yo no necesito –por ahora, claro está– dar un animoso golpe de estado en mi estado de ánimo. No sé quién soy, pero no me cambio por nadie. Todo lo que me rodea invita a perseverar en el papel que me ha tocado en suerte: La condición sine qua non de una familia incondicional, una salud suficiente para que el cuerpo no dé apenas señales de vida, compañías nunca interesadas y siempre interesantes, un trabajo poco rentable pero muy enriquecedor… Qué más se puede pedir. Tengo todo lo que necesito, pero necesito todo lo que tengo. Si algo faltara se desmoronaría el tinglado. O no, quién sabe. Sé que nuestra capacidad de supervivencia es inhumana y morirse de pena sólo una forma de hablar.

Por estas fechas recuerdo siempre mi relato favorito de Clarín, “El entierro de la sardina”, una obra maestra ambientada en el levítico pueblo de Rescoldo que habla precisamente de eso, del final de la fiesta, de la ceniza que se esparce por la larga abstinencia tras el breve esparcimiento del ardoroso carnaval, de morir de pena por una ilusión que habría valido la pena de no haber sido burla y francachela, de la triste gracia del diablo burlón que todos llevamos dentro: “¡Lo que era la vida! Un miércoles de Ceniza, un entierro de la sardina… y después la Cuaresma triunfante. Como Rescoldo, era el mundo entero. La alegría un relámpago; todo el año hastío y tristeza”.

Un amigo acaba de perder lo que más quería y, amplificando mis emociones, intento formular el dolor ajeno. Otros mucho más grandes supieron impostar una pena que me leía el corazón. Ese es el juego de máscaras sentimentales de la literatura, y va muy en serio:

La vida fracasaba en tus afueras. / Por ti veía el cielo siempre abierto. / Era feliz para que tú lo fueras. / Pero nada se pudre en tu reposo. / Y eso es lo más terrible, porque has muerto / y el mundo sigue siendo tan hermoso…

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